Iglesia Palabra Pura

ROMANOS 12:2 (NVI) “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cómo es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta.”

La vida cristiana no se sostiene por emociones ni por circunstancias favorables, sino por la manera en que pensamos. Muchas veces creemos que el problema está en lo que nos rodea, en lo que otros hacen o en lo que el mundo impone, pero las Escrituras nos muestran que la verdadera batalla ocurre en un lugar mucho más profundo: nuestra mente. Es allí donde se define si vivimos conforme a la voluntad de Dios o si terminamos siendo arrastrados por la presión del entorno.

Debemos entender que todos los seres hemos estamos compuestos de 3 partes: espíritu, alma y cuerpo (1 Tesalonicenses 5:23). Todos nosotros somos realmente espíritus, pero además poseemos un alma y vivimos dentro de un cuerpo. Cuando nacimos de nuevo nuestro espíritu fue completamente transformado, ya somos perfectos en nuestro espíritu, una tercera parte de nosotros ya es perfecta. Pero NO sucedió igual con nuestra alma y cuerpo. Ahora mismo, ningún ser humano en la tierra que ha nacido de nuevo puede decir: “Ya mi alma y cuerpo son perfectos, han sido completamente transformados”. Estarían mintiendo, porque el alma se transforma al renovarse por medio de la Palabra y el cuerpo solo será transformado cuando ocurra el Rapto de la Iglesia.

En este artículo quiero que nos centremos solo en el alma; en otra ocasión podemos hablar del cuerpo. A donde quiero llevarlos es a que comprendan que el alma necesita la transformación de la Palabra constante, pues en el alma tenemos nuestras emociones, nuestra voluntad y nuestros pensamientos, es decir, que nuestra alma tiene el sinónimo de ser nuestra mente. Y es en nuestra mente donde se moldean nuestras creencias, que determinan nuestras acciones, porque como Escrito está:

PROVERBIOS 23:7 (RVA) “Porque cual es su pensamiento en su alma, tal es él”

“Tal es él” significa “Así mismo actuará”. Y cuando llegamos a los pies de Cristo, llegamos con una mente que necesita un proceso continuo de renovación, ya que por años fue moldeada por experiencias dañinas y pecaminosas, enseñanzas incorrectas y presiones del mundo.

Por lo tanto, en Romanos 12:2, Pablo no se refería a un cambio superficial en el creyente, sino a una transformación en nuestra alma real, profunda, que ocurre cuando decidimos reemplazar lo que creemos por lo que Dios dice en Su Palabra. Es decir, la renovación de nuestra mente no es un evento puntual, sino un camino de constantes cambios.

Muchas veces la Palabra es escuchada, pero no recibida para que cumpla su efecto de transformación. Es decir, muchos creyentes van a las Iglesias y escuchan la Palabra, pero siguen evaluando la verdad espiritual desde sus experiencias pasadas o razonamientos humanos, pensando: “Eso no puede ser tan simple”, “Eso no funciona así” o “Esa no ha sido mi experiencia”. De esta forma cierran la puerta y, por ende, rechazan que su mente (alma) sea transformada.

Renovar la mente requiere humildad. Requiere estar dispuestos a aceptar que lo que hemos creído por años puede no estar alineado con la verdad de Dios. Significa permitir que la Palabra tenga más peso que la experiencia, más autoridad que la opinión, más poder que el diagnóstico o la circunstancia. La transformación comienza cuando le damos la bienvenida a la Palabra, incluso cuando desafía lo que conocemos.

Tengamos presente la advertencia que encontramos en la Carta de Santiago:

SANTIAGO 1:22 (NTV) “No solo escuchen la palabra de Dios; tienen que ponerla en práctica. De lo contrario, solamente se engañan a sí mismos”

Muchos creyentes asisten a la Iglesia, oyen enseñanzas, toman notas y se van a sus casas sin ninguna intención real de cambiar su manera de vivir. Pero la fe verdadera siempre se expresa en acción. La Palabra fue dada para ser vivida, no solo entendida. No obstante, para ser hacedores de la Palabra, es decir, para unir la acción a lo que oímos, debemos tener presente qué pensamientos necesitamos reemplazar por la verdad de Dios.

Tengamos claro que la Palabra siempre siempre siempre funciona. Lo que falla no es la Palabra, sino nuestra disposición a vivirla por el compromiso que adquirimos de renovar nuestra mente. Decir que la Palabra no funciona es, en el fondo, llamar mentiroso a Dios. Y Dios no miente. Su Palabra funciona en todo tiempo, en toda circunstancia y en cualquier lugar.  Pero se manifiesta en nosotros cuando la recibimos, meditamos y aplicamos.

La vida de un creyente que camina en renovación constante de la mente por medio de la Palabra es una vida que camina de victoria en victoria. Cada día necesitamos acercarnos a la Palabra con un corazón dispuesto y decir: “Espíritu Santo, muéstrame lo que no he visto, enséñame lo que no he entendido, para que pueda vivir conforme a Tu verdad”.

Hoy no se trata de cuánta información de la Palabra han recibido, ni de cuántos versículos pueden citar, sino de cuánto de lo que recibieron permitieron que les transformara la mente, pues la renovación de la mente no es opcional; es vital. Cada pensamiento que no alineamos con la Palabra se convierte en una puerta abierta al desgaste espiritual. Pero cada verdad que abrazamos se transforma en una fuerza que nos impulsa hacia adelante.

No subestimemos el poder de un pensamiento alineado con Dios. Ahí comienza la verdadera transformación. Pero se requiere obediencia diaria. Es decir, se requiere decidir, una y otra vez, que la Palabra tenga la última palabra en nuestras vidas. Cuando elegimos renovar nuestra mente, no solo cambia la manera en que pensamos; cambia la forma en que caminamos, respondemos y vivimos. Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, Cristo deja de ser solo un mensaje que escuchamos y se convierte en una vida que manifestamos.

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