Iglesia Palabra Pura
  • 24 noviembre, 2025
  • Rafael Lemes
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Vivimos en un mundo donde el cambio no solo es inevitable, sino indispensable. La creación misma lo grita: las estaciones avanzan, el clima se transforma, la tierra respira. Donde algo se mueve, hay vida; donde todo permanece inmóvil, comienza la muerte silenciosa del estancamiento. Y así también obra Dios en nosotros. Nos encanta la comodidad —esa suave trampa que nos hace sentir seguros—, pero esa misma comodidad se convierte en la enemiga natural del crecimiento.

El Señor, en su fidelidad, no nos deja quedar donde estamos. Él no cambia —su carácter es el mismo ayer, hoy y siempre—, pero su propósito exige que nosotros sí cambiemos, porque la transformación espiritual jamás ocurre sin movimiento.

De la misma manera que las estaciones avanzan y el cuerpo humano madura con el paso del tiempo, nuestra vida espiritual debe avanzar hacia una mayor semejanza a Cristo. Cada ajuste, cada incomodidad, cada transición forma parte de la obra que Dios está desarrollando en nosotros. La madurez no es la ausencia de movimiento, sino la confianza que permanece firme aun cuando todo alrededor se está transformando.

Por eso Pablo, escribiendo a los Gálatas, recurre a una imagen sorprendente para describir su carga pastoral:

GÁLATAS 4:19 (RVR) “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros”

Ellos habían comenzado bien, pero estaban retrocediendo, intentando vivir la vida cristiana bajo el peso de la Ley después de haber conocido la libertad de la Gracia. Y esa regresión produjo en Pablo un dolor tan profundo que solo pudo describirlo como “dolores de parto” espirituales, un sufrimiento interior mientras esperaba ver a Cristo plenamente formado en ellos.

Aunque Pablo jamás podría experimentar el dolor físico real de una mujer en labor de parto, entendía lo suficiente para saber que ese proceso implica intensidad, presión y momentos de incomodidad extrema. Tomó esa imagen porque sabía que todo nacimiento —físico o espiritual— exige dolor y resistencia. Ese era su clamor por los Gálatas, y ese mismo principio se aplica a nosotros: ningún crecimiento ocurre sin fricción, ninguna metamorfosis sin renuncia, ningún avance sin que algo dentro de nosotros sea desafiado o estirado.

Cada nueva etapa de nuestra vida espiritual, de nuestro Ministerio, de nuestra familia o de nuestra Iglesia requerirá ajustes y obediencia. El cambio incomoda, sí, pero el estancamiento destruye. Siempre será menos doloroso avanzar con Dios que retroceder sin Él. Cuando el cambio proviene de Su mano, siempre produce vida, aun cuando en el proceso se sienta como una sacudida que nos desarma y nos vuelve a construir.

Por eso la Escritura nos llama a renovar nuestra mente de manera constante. Colosenses 3:10 nos recuerda:

“Y vestíos del nuevo hombre, el cual se va renovando en el conocimiento conforme a la imagen del que lo creó”

Ese “se va renovando” no habla de un evento puntual, sino de un proceso continuo. Nuestro espíritu ha sido renovado completamente en Cristo, pero nuestra mente —esa frontera donde libramos tantas batallas y donde se define nuestra capacidad de cambio— debe ser renovada una y otra vez, para que podamos caminar de gloria en gloria en el propósito divino.

De modo que no le teman al cambio. Abrácenlo con la valentía de quien sabe que Dios no improvisa. Díganle al Señor desde lo profundo del corazón: “No eres Tú quien debe cambiar, Señor… soy yo. Haz en mí lo que tengas que hacer. Ajusta, transforma, renueva. Estoy dispuesto”.

Porque, aunque los cambios duelan, la transformación siempre vale la pena. Aquí es donde nace la verdadera vida; aquí es donde Cristo se forma en nosotros.

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