Iglesia Palabra Pura

En la primera parte de esta Serie vimos que la firmeza de nuestro corazón no depende de que las circunstancias sean favorables, sino de en quién está puesta nuestra confianza. Ahora es importante llevar esa verdad a una escena muy concreta de las Escrituras, porque muchas veces entendemos los principios, pero no sabemos cómo operan en la vida diaria. Y Jesús, como siempre, nos enseñó con ejemplos vivos y fáciles de recordar.

Uno de esos ejemplos es cuando Pedro caminó sobre el agua. Este relato no es solo una historia impresionante; es una radiografía espiritual de lo que ocurre en el corazón humano cuando enfrenta situaciones que producen temor.

La Palabra nos relata que los Discípulos estaban en una barca, en medio del mar, y que el viento era contrario (Mr. 6.45-52Jn. 6.15-21; Mt. 14.22-33). Era de noche, había oscuridad, había cansancio y había una tormenta. En ese contexto, los Discípulos vieron asustados cómo Jesús caminaba cerca de ellos sobre el agua en medio de la tormenta, y a pesar de que Jesús les dijo que no tuvieran temor porque era Él, solo fue Pedro el que le respondió: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” (Mateo 14:28, RVR). Petición que no fue respondida por Jesús con un largo discurso, ni siquiera con una explicación de cómo hacerlo; simplemente le dijo una palabra: “Ven”, y luego:

MATEO 14:29 (NVI) “Pedro bajó de la barca y caminó sobre el agua en dirección a Jesús.”

Pedro hizo algo extraordinario. Caminó sobre el agua. Mientras tuvo la mirada puesta en Jesús, lo imposible fue posible. Mientras su atención estuvo en la voz que lo llamó, el corazón permaneció firme.

Pero nosotros sabemos, porque hemos estudiado una y otra vez esta historia, que allí no terminó todo, sino que luego pasó algo clave de gran enseñanza:

MATEO 14:30 (NVI) “Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!”

Pensemos, ¿por qué Pedro comenzó a hundirse? ¿Algo cambió en Jesús? ¿Ya Jesús no quería que Pedro caminara más sobre el agua? Absolutamente no, Jesús ya había dado Su Palabra: “Ven”. Ni mucho menos podríamos pensar que cambió el poder de Dios. ¿Qué cambió entonces? Lo que cambió fue el enfoque de Pedro. Pasó de mirar a Jesús a mirar el viento. Pasó de confiar a analizar la circunstancia. Y cuando el corazón se enfoca en la tormenta, el temor entra de inmediato.

Esto es exactamente lo que ocurre hoy con muchas personas. No es que Dios haya dejado de ser fiel, ni que su Palabra haya perdido poder. Es que el corazón se distrae. Se empieza a mirar el diagnóstico, la cuenta bancaria, la noticia alarmante, el comentario negativo, el futuro incierto. Y poco a poco, sin darnos cuenta, el temor se va instalando.

Si lo analizan bien, el temor casi nunca entra de forma violenta. Entra de manera sutil. Primero como una pregunta: “¿Y si pasa algo?”. Luego como una preocupación: “Mejor prepárate por si acaso”. Después como una ansiedad constante: “No puedo estar en paz”. Y cuando menos lo notamos, el corazón ya no está firme, sino inquieto.

Ahora, vayamos mucho más profundo en esta historia de lo que pasó con Pedro justo cuando comenzó a hundirse. Aunque Pedro hizo lo correcto al clamar a Jesús, el Señor luego de sacarlo del agua le mostró que él nunca tuvo que llegar a ese punto de desesperación, dejándonos una gran enseñanza para nuestro día a día. Veámoslo:

MATEO 14:31 (RVR) “Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”

Noten que Jesús no le dijo a Pedro: “¿Por qué miraste el viento?”. Porque la raíz no estaba en sí en mirar el viento, sino que le dijo: “¿Por qué dudaste?”. La raíz del problema de Pedro era que él dudó cuando miró al viento, él puso por encima de su confianza en Jesús a los pensamientos de duda. Y fue precisamente la duda la que le abrió paso al temor. Porque la duda es la puerta por donde entra el temor.

Aquí es donde entra algo muy importante que muchas veces se pasa por alto: el enemigo no necesita tomar ventaja sobre nosotros con grandes ataques si logra debilitarnos con pequeños temores. Un corazón temeroso es un corazón fácilmente manipulable. Un corazón inseguro toma malas decisiones, se aísla, se llena de ansiedad y pierde la capacidad de disfrutar la vida que Dios le dio.

Dios no prometió que no vendrían días difíciles, pero sí prometió estar con nosotros en medio de ellos. Y cuando el corazón se afirma en esa verdad, algo cambia por dentro. La angustia pierde poder. La ansiedad disminuye. El temor deja de gobernar.

Y esta enseñanza no es solo para momentos extremos. Es para la vida diaria. Para cuando llega una llamada inesperada. Para cuando algo no sale como se esperaba. Para cuando el futuro parece incierto. En cada una de esas situaciones, el corazón tiene dos opciones: llenarse de temor o afirmarse en Dios.

La buena noticia es que Dios sigue llamándonos, como llamó a Pedro, con una palabra sencilla pero poderosa: “Ven. Ven a confiar. Ven a descansar. Ven a caminar en fe.” Y mientras mantengamos la mirada puesta en Él, el corazón permanecerá firme, aun frente a las malas noticias.

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