Mi nombre es Beatriz Consuelo de Piña, miembro presencial de Iglesia Palabra Pura, y hoy quiero compartir con ustedes mi testimonio de sanidad, para la Gloria y la Honra de nuestro Señor.
Esto sucedió hacia mediados de septiembre de 2025. Yo venía atravesando episodios muy fuertes de indisposición que se repetían casi cada mes o cada dos meses. En esas crisis quedaba completamente en cama, sin fuerzas, sin deseos de comer, de hablar ni siquiera de orar. Fue una etapa muy difícil, al punto que en dos ocasiones tuve que suspender las clases de discipulados cuando ya estaba a una o dos clases de terminarlos.
Recuerdo que una tarde de septiembre tuve un dolor muy fuerte en la parte superior del vientre, al lado izquierdo. El dolor fue aumentando tanto que me impedía respirar. Estaba con mi hija, ella se alarmó, llamó al médico y él vino a revisarme. Aunque el dolor cedió un poco, me mandó exámenes urgentes porque había un síntoma que consideraba alarmante.
Fui a la clínica, me evaluaron nuevamente y me dejaron para realizar todos los exámenes. Después de casi siete horas de espera, medicada y en observación, el médico salió con un diagnóstico preocupante. Con una actitud muy seria me dijo: “Usted está muy mal, señora. La tenemos que dejar hospitalizada y hacerle más pruebas porque los resultados salieron muy mal”.
El diagnóstico fue que tenía las vías biliares obstruidas por un quiste. Según los médicos, esto es algo muy delicado, porque cuando las vías biliares se obstruyen puede afectar todo el organismo. Y los síntomas realmente eran muy fuertes y desagradables: una hinchazón constante, la sensación de que me iba a explotar, y cada vez que comía algo, todo me caía mal. Era una condición muy incómoda y angustiante.
En ese momento sentí un shock muy fuerte. El miedo llegó a mi mente, y con él, muchos pensamientos negativos: que era por la edad, que tal vez ya mi tiempo había llegado, que Dios quizás me quería llevar. Fue un momento de mucho temor y confusión.
Pero ya en la noche, estando hospitalizada, vino algo muy poderoso a mi mente: recordé la Escuela de Sanidad. Empecé a recordar esas verdades que nos enseñaron. Entendí y me repetía una y otra vez que la enfermedad no es una prueba del Señor, no es Su voluntad, no es una bendición, sino una maldición que Cristo ya llevó en la cruz. Recordé que la sanidad es mía, que es mi herencia, que me pertenece.
Comencé entonces a declarar mi sanidad, a creerla y a dar gracias a Dios. Rechacé todo diagnóstico y todo síntoma. También recordé una enseñanza del Pastor Rafael Lemes sobre el poder de la lengua, y cómo al no controlarla podemos traer consecuencias a nuestra vida. Vino a mi mente el versículo de Proverbios 18:21, y entendí que muchas veces había hablado mal, sin darme cuenta.
Ese fue un momento clave para mí. Decidí comenzar a hablar vida, no solo sobre mí, sino también sobre las personas a mi alrededor. Empecé a compartirles de Jesucristo, de lo que Él ya hizo por nosotros, de que somos sanos, restaurados, y que en Él somos justos. Comprendí que no hay términos medios: o hablamos vida o hablamos muerte.
Al tercer o cuarto día hospitalizada, algo empezó a cambiar: mi cuerpo comenzó a responder. Al quinto día me dieron de alta. Desde el momento en que empecé a declarar y creer por mi sanidad, el dolor desapareció, y tomé la decisión de no seguir recibiendo más medicamentos porque ya no los necesitaba.
Había una resonancia magnética pendiente, pero no me la podían realizar porque según los exámenes mis riñones no estaban bien. Finalmente, me dieron la cita para el 5 de enero de 2026.
En medio de ese proceso, tuve la oportunidad de leer libros que fueron de gran bendición para mi vida, como “Jesucristo también vino a sanar” (del Pastor Rafael Lemes) y “La Santa Cena” (de la Pastora Adriana Lemes). A través de estas enseñanzas, mis ojos se abrieron aún más a esta verdad. En ese mismo tiempo, me mantuve firme, participando de la Santa Cena de manera intencional, declarando la Palabra y afirmando mi sanidad.
Cuando llegó el día de la resonancia, el médico revisó los resultados y me dijo algo que ya estaba en mi corazón: “Usted está perfecta, no tiene nada”. Yo no me sorprendí, porque ya lo creía desde antes. Ya lo había recibido.
Desde ese momento mi vida cambió. Empecé a vivir de manera consciente la Palabra, a declarar las Promesas de Dios cada día, a tomar la Santa Cena entendiendo lo que Cristo hizo por mí. Me volví intencional en lo que hablo. Hoy puedo decir que soy una heredera de la bendición, y que la sanidad hace parte de mi vida.
También comprendí que esto no es magia, es fe. Es conocer la voluntad de Dios, creerla, declararla, sembrarla en el corazón y permanecer constantes. Una palabra que me sostuvo mucho fue Josué 1:9, que el Señor traía a mi mente cada día:
“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.”
Hoy estoy sana. Y si algún síntoma quiere aparecer, le hablo, lo rechazo y afirmo la verdad de Dios. Vivo agradecida, porque sé que Dios es bueno y que Él quiere lo mejor para sus hijos.
Hoy doy gracias a Dios por mi sanidad, por lo que ha hecho en mí, y por cada enseñanza recibida. Y aunque para mí no es fácil hablar públicamente, sé que es necesario dar testimonio de lo que Dios ha hecho.
Todo sea para la Gloria y la Honra de nuestro Señor.

