En las últimas semanas hemos venido profundizando sobre diferentes aspectos relacionados con la sanidad. Primero hablamos sobre la importancia de la identidad, entendiendo que no podemos seguir viéndonos de la misma manera después de haber nacido de nuevo en Cristo Jesús. Después vimos cómo Jesús, al preguntarle al paralítico de Betesda: “¿Quieres ser sano?”, no solamente estaba confrontando una necesidad física, sino también la disposición del corazón para abandonar antiguas maneras de pensar, hablar y vivir.
También entendimos que la fe requiere intencionalidad. Así como un técnico revisa un vehículo para identificar áreas débiles que necesitan ser corregidas, espiritualmente también existen áreas que deben ser fortalecidas continuamente por medio de la Palabra.
Y precisamente todo esto nos lleva a otro aspecto fundamental: la confianza. Porque una cosa es conocer versículos sobre sanidad, y otra muy distinta es permanecer firme cuando aparecen síntomas, diagnósticos o circunstancias contrarias. Por eso la Palabra dice:
SALMOS 118:8 (RVR) “Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre.”
Todos conocemos este versículo, pero la verdadera pregunta es: ¿dónde está realmente puesta nuestra confianza cuando enfrentamos una situación difícil?
Jesús entendía perfectamente esta realidad. Por eso, tanto al paralítico de Betesda como a Bartimeo, les hizo preguntas que parecían obvias. Porque recibir de Dios no solamente implica tener una necesidad; también implica aprender a confiar plenamente en Él.
Y aquí es donde muchos creyentes enfrentan una batalla importante. Porque hay personas que dicen creer en Dios, pero cuando escuchan un diagnóstico negativo inmediatamente comienzan a llenarse de temor, angustia y desesperación. Toda su conversación empieza a girar alrededor del problema, de lo difícil de la situación y de todo lo malo que podría ocurrir. Y sin darse cuenta, terminan fortaleciendo más el temor que la fe. Por eso la Palabra nos enseña algo tan importante:
1 JUAN 5:14-15 (RVR) “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.”
Observa cómo la Palabra habla continuamente de confianza y certeza. No habla de desesperación, pánico o inestabilidad. La confianza verdadera produce descanso en el corazón.
Esto no significa ignorar situaciones, ni tampoco despreciar la medicina o los tratamientos. Significa entender que, por encima de todo eso, está Dios y Su Palabra.
Muchas veces el problema es que las personas reaccionan a todo desde el miedo. Si alguien les dice que algo será difícil, inmediatamente comienzan a esperar lo peor. Si escuchan un mal reporte, empiezan a repetir constantemente aquello negativo que escucharon.
Pero el creyente no fue llamado a vivir reaccionando como el mundo reacciona. Nuestra confianza debe estar establecida en aquello que Dios dijo.
Y esa confianza no aparece de la noche a la mañana. Se desarrolla pasando tiempo en la Palabra, meditando en lo que Dios dice y permitiendo que Su verdad se vuelva más real que cualquier otra voz.

