Iglesia Palabra Pura
  • 17 julio, 2026
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NO MORIRÉ, SINO QUE VIVIRÉ

Mi nombre es Camila Gómez, soy miembro presencial de Iglesia Palabra Pura, y hoy quiero compartir cómo Dios cambió por completo mi historia al revertir un diagnóstico de lupus que, según los médicos me acompañaría durante toda mi vida.

Todo comenzó cuando tenía 14 años. Empecé a notar que mi cuerpo se hinchaba de una manera extraña. Mis manos, mis pies, mi rostro y prácticamente todo mi cuerpo retenían líquidos. Como era muy joven, no entendía lo que estaba ocurriendo y tampoco le di mucha importancia al principio, busqué información por mi cuenta y encontré que podía tratarse de retención de líquidos, así que intenté seguir algunos consejos básicos como tomar más agua y hacer ejercicio. Sin embargo, con el paso del tiempo la situación empeoró, mi presión arterial comenzó a elevarse y mi estado de salud se deterioró rápidamente.

Siempre había evitado ir al médico, pero llegó un momento en el que me sentía tan mal que no tuve otra opción, fue entonces cuando comenzó un largo proceso médico que cambió mi vida; después de varios exámenes recibí el diagnóstico de lupus, una enfermedad autoinmune en la que el sistema inmunológico ataca el propio cuerpo. En mi caso, la enfermedad estaba afectando mis riñones, lo que provocaba la retención de líquidos y otros problemas de salud, cada vez me sentía peor,  los medicamentos me hacían hinchar aún más y llegó un momento en el que no podía retener los alimentos porque todo lo que comía lo vomitaba. Durante ese período la enfermedad comenzó a afectar otras áreas de mi cuerpo, había días en los que quería caminar y no podía dar un solo paso,  a veces ni siquiera podía levantar una cuchara para alimentarme, recuerdo intentar escribir un mensaje en mi celular y descubrir que mis manos no me respondían, la presión arterial había alcanzado niveles tan altos que empezó a afectar diferentes funciones de mi organismo,  llegué a tomar alrededor de sesenta pastillas al día, humanamente, el panorama era desalentador. Sin embargo, en medio de toda esa situación había algo que permanecía firme; mi fe en Dios. Yo había sido la primera persona de mi familia en comenzar a asistir a una iglesia cristiana, mis padres respetaban mi decisión, aunque otros familiares no la entendían y muchas veces me cuestionaban. A pesar de eso, estaba convencida de que la voluntad de Dios era que yo estuviera bien.

Algo que el Espíritu Santo puso en mi corazón desde el principio fue cuidar mis pensamientos, aunque escuchaba diferentes opiniones sobre la enfermedad, decidí no investigar demasiado acerca del lupus; sentía que, si llenaba mi mente con todos los argumentos médicos y los pronósticos negativos, corría el riesgo de apagar la voz de Dios en mi vida, pues mi fe estaba puesta en que Él tenía el poder para sanarme.

En aquel tiempo yo todavía tenía muchas cosas por aprender, incluso pensaba que la enfermedad era una prueba que Dios me había enviado para enseñarme algo, años después comprendí que estaba equivocada. Hoy puedo ver cómo el Espíritu Santo ya estaba guiándome hacia una verdad que más adelante confirmaría al llegar a Iglesia Palabra Pura de que la sanidad no es algo que Dios quiera negar a Sus hijos; es parte de la herencia que Cristo conquistó para nosotros.

Por eso me aferré a la Palabra de Dios. Cada vez que llegaban pensamientos de temor o de muerte a mi mente, respondía con el versículo que se convirtió en mi declaración constante: “No moriré, sino que viviré, y contaré las obras de Jehová” SALMO 118:17 (RVR1960).

Después de dos meses finalmente fui dada de alta. Sin embargo, el proceso no había terminado, los médicos me enviaron medicamentos que, según ellos, tendría que tomar durante toda la vida. Además, inicié tratamientos de quimioterapia y continué bajo seguimiento médico constante. Fue una etapa desafiante y aunque tenía fe, también enfrentaba momentos difíciles, escuchaba a médicos hablar sobre las posibles complicaciones de la enfermedad, escuchaba a mis padres expresar el temor que sentían de perderme, a veces los síntomas intentaban regresar y pensamientos de muerte buscaban abrirse camino en mi mente. Pero cada vez que eso ocurría, volvía a la misma verdad: “No moriré, sino que viviré, y contaré las obras de Jehová”.

Yo había tomado la decisión de creerle a Dios. Pasó el tiempo y comenzaron a llegar las primeras noticias alentadoras, en nuevos exámenes médicos el lupus apareció como inactivo, para mí aquello era una gran victoria y una confirmación de que Dios estaba obrando. Sin embargo, los médicos insistían en que la enfermedad simplemente estaba dormida y que podía activarse nuevamente en cualquier momento. Aun así, continué fortaleciendo mi fe, cada día estaba más convencida de que Dios me quería completamente sana, ya no esperaba la sanidad; estaba convencida de que era una realidad que Dios había provisto para mí. Tiempo después asistí a una consulta de control como tantas otras, ese día recibí una noticia que jamás olvidaré, el médico revisó mis resultados, observó mi evolución y finalmente me dijo: “Camila, si no fuera por tu historial médico, yo no creería que alguna vez tuviste todo esto, estás completamente sana”. Al escuchar esas palabras no pude contener la emoción, pues sabía exactamente quién había hecho la obra, Dios había cumplido Su promesa. Poco después los médicos suspendieron oficialmente todos los medicamentos, no tenían una explicación para lo que había sucedido. Médicamente, el lupus es considerado una enfermedad incurable, pero para Dios todo es posible. Hoy puedo mirar atrás y reconocer que Dios me sostuvo en los momentos más difíciles, fortaleció mi corazón y confirmó que Su Palabra es verdad. Hoy puedo decir que no morí, sino que viví para contar las obras de Jehová.

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