
Firmeza en tiempos de presión
Soy Ángela Hernández, miembro de Iglesia Palabra Pura, y quiero compartir otro maravilloso testimonio. No lo hago por protagonismo ni por venganza, sino porque creo que muchas personas están pasando por situaciones similares y necesitan saber que no están solas.
Trabajo en un programa que depende de entidades del estado, uno muy importante, especialmente en tiempos de elecciones, porque manejamos bases de datos claves de Pereira, sus corregimientos, barrios y veredas. Este programa, por su influencia, siempre está en el ojo del huracán político.
Desde hace un tiempo, he vivido una persecución por parte de un hombre que no es mi jefe directo, pero sí un articulador del programa. Todo comenzó cuando yo decidí no prestarme para sus insinuaciones. Como mujer, aprendemos a identificar cuándo un trato pasa de lo profesional a lo personal, y él claramente cruzó esa línea. Como no respondí a sus insinuaciones, la actitud cambió. Aquellas compañeras que sí accedían eran exaltadas públicamente en los comités, mientras que a nosotras, las que decidimos mantener una relación estrictamente laboral, nos desmeritaba constantemente.
A pesar de eso, mis resultados hablaban por sí solos. Con otra compañera que también ha pasado por lo mismo, llevamos las mejores cifras. Aun así, en uno de los comités, este señor intentó manipular los datos para hacernos quedar mal. Me vi obligada a enfrentarlo frente a todos. Le dije que no podía falsificar las cifras, que los números eran públicos y verificables. Eso desató un conflicto abierto. Desde entonces, el ambiente laboral se volvió aún más pesado, pero yo seguí haciendo mi trabajo con responsabilidad.
Las cosas llegaron a un punto crítico cuando, en una de las juntas que superviso (yo tengo a cargo tres comunas), intentaron falsificar documentos para imponer a un presidente afín a sus intereses políticos. La comunidad se dio cuenta, pusieron abogados y comenzó un proceso legal que terminó involucrando a la Fiscalía y otras entidades del estado.
Y en medio de todo ese caos, la única persona que salió limpia fui yo. Lo reconocieron los mismos líderes políticos de peso, incluso el padre de un importante gobernante, quien dejó claro que yo había actuado con integridad. Esas palabras me dieron fuerza. Me dijeron que contara con su apoyo en futuros proyectos y elecciones. Fue como si todo lo que había hecho en silencio y con esfuerzo, por fin tuviera eco.
Paradójicamente, mientras este hombre intentaba opacarme, más se me empezaron a abrir puertas en una importante entidad del estado. Nuevos proyectos, más grandes, comenzaron a aparecer. Y todo gracias a mantenerme firme.
Hace poco, una funcionara pública llegó molesta a la oficina, diciendo que nada se estaba haciendo bien. Fue un momento difícil. Pero cuando vio las cifras reales y el trabajo presentado por mí, no solo se retractó, sino que me felicitó delante de todos. Gracias a eso, no cerraron la oficina y se cambió completamente la percepción que tenían del equipo.
Hoy puedo decir, con la frente en alto, que todo lo que he vivido me ha fortalecido. Mi mensaje es claro: hay que confiar en Dios y hacer las cosas bien, aunque parezca que nadie lo ve. Siempre hay personas que sí están observando, que sí valoran el trabajo honesto.
Sí, este señor me persiguió, intentó dañarme la imagen, incluso involucró a otros compañeros para ponerme en contra. Pero los resultados hablaron más fuerte. Hoy, muchas de esas personas que dudaron de mí, me defienden. Y él, lamentablemente, enfrenta ahora las consecuencias de sus actos. Está siendo investigado por todas las entidades de control, y su salud se ha visto afectada por el estrés de mantener tantas mentiras.
Esta es mi historia. Y si algo quiero que quede claro, es que no hay que dejarse aplastar por el miedo. La verdad siempre sale a la luz.