Iglesia Palabra Pura
  • 17 noviembre, 2025
  • Rafael Lemes
  • 2

Cuando el siervo de Abraham llegó a la ciudad de Nacor, cansado del largo viaje y con la responsabilidad de encontrar esposa para Isaac, oró al Señor pidiendo una señal clara. No pidió una señal espectacular, sino algo que revelara el corazón de la persona que Dios había escogido. Dijo:

GÉNESIS 24:14 (RVR) “Sea, pues, que la doncella a quien yo dijere: Baja tu cántaro, te ruego, para que yo beba, y ella respondiere: Bebe, y también daré de beber a tus camellos; que sea esta la que tú has destinado para tu siervo Isaac; y en esto conoceré que habrás hecho misericordia con mi señor”

Lo que el siervo estaba pidiendo no era simplemente una muestra de amabilidad, sino una manifestación de carácter. Quería una mujer con una disposición servicial, con una actitud de entrega.

Rebeca aparece en la escena sin saber que estaba a punto de ser parte de un evento que marcó la historia. Viene al pozo con su cántaro sobre el hombro, y cuando el siervo le pide agua, ella no duda en servirle. Pero veamos detalladamente su respuesta, la cual nos revelará algo de suma importancia sobre ella:

GÉNESIS 24:1819 (RVR) “Ella respondió: Bebe, señor mío; y se dio prisa a bajar su cántaro sobre su mano, y le dio a beber. Y cuando acabó de darle de beber, dijo: También para tus camellos sacaré agua, hasta que acaben de beber”

La expresión “se dio prisa” revela una actitud. No sirvió por obligación ni por conveniencia; sirvió con alegría y diligencia. Y lo que hace después es asombroso: ofrece sacar agua para diez camellos. Un solo camello puede beber entre 100 y 150 litros de agua después de un viaje largo. Ella, sin que nadie se lo pidiera, decidió hacerlo hasta que “acabaran de beber” (v. 19).

Esto no fue un acto casual, sino un retrato de alguien que sirve, y sirve de corazón, sin medir el costo o buscar recompensa. Rebeca no sabía que había sido observada por el siervo, ni que ese servicio la estaba conectando con el plan de Dios para su vida. Su obediencia, su disposición, su entrega silenciosa, estaban abriendo la puerta a su destino.

El corazón de un verdadero servidor no busca reconocimiento, ni aplausos, ni beneficios. Sirve porque es su naturaleza, porque ha entendido que el servir es reflejar el carácter mismo de Dios.

Jesús, nuestro mayor ejemplo, dijo:

MATEO 20:28 (RVR) “… el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”

Servir no es una tarea para los débiles; es la evidencia de los que conocen su identidad. Jesús sabía quién era, de dónde venía y hacia dónde iba, y precisamente por eso se ciñó la toalla y lavó los pies de Sus discípulos (Juan 13:3–5). No sirvió porque no tuviera valor, sino porque sabía el verdadero valor que tenía.

El servicio auténtico nace del amor, no de la obligación. Cuando alguien tiene una relación viva con Dios, su servicio se vuelve espontáneo, constante, gozoso. No necesita ser motivado, recordado ni empujado; su gozo está en servir.

El Apóstol Pablo escribió:

COLOSENSES 3:23 (RVR) “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”

Rebeca no estaba sirviendo al siervo de Abraham; sin saberlo, estaba sirviendo al propósito de Dios. Así también nosotros, cuando servimos a otros con excelencia, estamos sirviendo al Señor mismo.

A veces pensamos que los actos grandes son los que Dios usa para abrir puertas, pero en este relato vemos que una acción sencilla —dar agua— cambió una historia completa. Lo que hacemos en lo secreto, en lo cotidiano, en lo que parece pequeño, Dios lo usa para manifestar su propósito eterno en nuestras vidas.

El Espíritu Santo sigue buscando corazones como el de Rebeca: gente que se mueva rápido para servir, que no mida esfuerzos, que haga más de lo que se le pide, que sirva con gozo, con excelencia. Personas que comprendan que el servicio es una expresión de amor y, por ende, reflejen el verdadero corazón de Dios.

Jesús dijo:

JUAN 13:35 (RVR) “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.”

El amor se demuestra en acciones. Y cuando amamos verdaderamente, el servir se vuelve un privilegio, no una carga.

Dios sigue buscando hombres y mujeres que digan: “Aquí estoy, Señor, ¿a quién puedo servir hoy?”. Que no midan litros de agua, ni cuenten los camellos, ni pregunten si alguien lo notará. Que sirvan porque entienden que en el servicio está el reflejo del corazón de Cristo.

Así como Rebeca fue hallada en el lugar correcto, haciendo lo correcto, con la actitud correcta, Dios sigue encontrando siervos y siervas que, en medio de lo cotidiano, manifiestan Su gloria con sus manos y su corazón.

2 comments on “El servicio invisible que ve Dios

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