Iglesia Palabra Pura
  • 21 noviembre, 2025
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Dios es el Dios de los imposibles

Mi nombre es Martha Lucía López, soy miembro online de Iglesia Palabra Pura desde el Valle del Cauca (Colombia), y quiero contar lo que Dios hizo en la vida de mi mamá, porque Su fidelidad ha sido tan grande que aún después de los años, seguimos asombradas de Su poder.

Todo comenzó cuando a mi mamá le diagnosticaron displasia de médula ósea. Ninguno de nosotros entendía qué significaba. El oncólogo nos explicó con palabras simples, pero duras:

“A su mamá le bombardearon la fábrica de sangre; se la quemaron. Su mamá no tiene sangre.”

Esa frase nos dejó en silencio. No podíamos comprender cómo alguien podía vivir sin sangre. Mi mamá estuvo un mes hospitalizada, aislada, porque cualquier resfriado o bacteria podía convertirse en algo mortal. No tenía defensas, ni plaquetas, ni glóbulos rojos. La poca sangre que le aplicaban desaparecía en cuestión de minutos.

Después de un mes, los médicos nos llamaron a mis hermanos y a mí. Nos dijeron que había tres opciones: llevarla a casa y encargarnos nosotros de las transfusiones, llevarla todos los días a la clínica, o hacerle un tratamiento que podría darle “calidad de vida” por unos pocos años. Nos advirtieron que era una enfermedad de personas jóvenes, y que a los 69 años mi mamá no tendría más de tres años de vida.

Decidimos hacerle el tratamiento, sin hacer más preguntas. Y para sorpresa de todos, mi mamá respondió bien. Los médicos decían que era como una especie de quimioterapia. Poco a poco empezó a mejorar, hasta que el oncólogo la mostraba como ejemplo de éxito ante otros colegas. Decía que mi mamá era su “trofeo”, porque ningún otro paciente con esa enfermedad había sobrevivido tanto.

Pasaron tres años, y mi mamá seguía en pie. El médico nos dijo que ya ocho personas más jóvenes que ella habían fallecido, y que no podía explicar cómo mi mamá seguía viva. A partir de ese momento, el doctor se fue del país, y mi mamá siguió tratándose con médicos generales.

Unos años después, yo conocí de Dios gracias a una mujer llamada Rocío Villada, miembro de Iglesia Palabra Pura. Ella me invitó a escuchar las Enseñanzas, y desde el primer día sentí algo diferente. Me impactaba la forma en que hablaban de la Palabra, de cómo oraban con fe y declaraban las promesas de Dios.

A comienzos del siguiente año, mi mamá tuvo una recaída muy fuerte. La llevamos a otra clínica, y el oncólogo nos explicó que en su médula las células se confundían y se atacaban entre sí. Nos dijo que el tratamiento anterior había sido experimental, con células de conejo, y que ahora debían aplicarle células de caballo. Mi mamá tenía miedo, decía que eso era muy duro, y verla así me entristecía.

Recuerdo que una noche, desesperada, me arrodillé en el piso del apartamento y clamé a Dios. Lloré como nunca. Le pedí que no me quitara a mi mamá. Le supliqué que tuviera misericordia.

Un domingo asistí a la Iglesia, y allí conocí a doña Gloria Deissy Muñoz, una mujer que me habló con tanto amor que marcó mi vida. Le conté lo que estaba viviendo, y ella me dijo algo que transformó mi manera de orar:

“Así no se pide. Jesús ya llevó todas nuestras enfermedades en la cruz. Ya fuimos sanos por Sus llagas. Tienes que declarar que tu mamá está sana, y creer lo que Dios ya dijo”

Desde ese día empecé a hacerlo. Le conté a mi mamá, y juntas comenzamos a declarar la sanidad. Repetíamos las promesas Bíblicas, orábamos con fe, y cada día yo sentía más paz. El miedo desapareció, y en su lugar llegó una certeza profunda de sanidad.

Mi mamá recibió el tratamiento, pero no fue duro como el anterior. Todo transcurrió con calma, y cuando menos pensamos, ¡ya había terminado! A finales de marzo le dieron salida. Le mandaron unos medicamentos, y aunque uno de ellos era muy costoso —cuatro millones de pesos a la semana—, confié en que Dios proveería.

Le dije al Señor: “Si Tú ya la sanaste, también me vas a ayudar con el medicamento”.
Y así fue. A través de circunstancias que solo Él podía orquestar, Dios proveyó ese medicamento de la manera más inesperada.

Años atrás, yo había ayudado a una joven dándole un trabajo cuando nadie más lo hacía. Esa misma mujer, 14 años después, fue quien —sin saberlo— me regaló el medicamento que mi mamá necesitaba. Cuando lo supe, lloré de gratitud. Ahí entendí que Dios no olvida los actos de amor, y que Él tiene formas perfectas de recompensar.

Han pasado 12 años desde que los médicos nos dijeron que mi mamá viviría solo tres. Hoy ella tiene 82 años, está fuerte, no toma ningún medicamento y cada domingo asiste feliz a la iglesia. Sirve, ora y da gracias a Dios por Su fidelidad.

Yo también sigo firme en la fe, agradecida con el Señor por haberme enseñado a orar conforme a Su Palabra, a declarar Su verdad y a confiar en Su tiempo.

Hoy puedo decir con toda certeza:

Dios sigue siendo el mismo. Él es el Dios de los imposibles.
Cuando todo parece perdido, Su poder se manifiesta.

1 comment on “TESTIMONIOS

  1. Aleluya ese es el mismo Dios que sirvo. Sabes me contento contigo. La Gloria, La hora y Alabanzas se la rindo al Pafre, Hijo y Mi Espiritu Santo.!!!!

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