Mi nombre es Irma Castro, Miembro Online de Iglesia Palabra Pura desde Bogotá (Colombia), tengo 66 años y quiero dar testimonio de lo bueno que ha sido Dios conmigo.
Crecí en una familia tradicionalmente católica. Íbamos a misa los domingos y a la eucaristía los primeros viernes de cada mes, aunque nunca entendí por qué. Me decían que si no me confesaba no podía comulgar, y yo me preguntaba si eso significaba que era más mala que los demás. Era una tradición, pero sin entendimiento.
Conocí de Iglesia Palabra Pura gracias a mi hermano Milton Castro, quien vive en Dosquebradas (Colombia). Él me hablaba de las enseñanzas, y desde mi ignorancia yo le discutía, pensando que lo que yo hacía era lo correcto.
Pasó el tiempo y un día me enfermé gravemente. Alguien me dijo que me habían hecho una brujería, y otra persona me llevó donde alguien que “quitaba brujerías”. Mi hermano me advertía que eso no era correcto, pero yo no lo comprendía. Solo sabía que estaba mal, sin dormir, sin apetito, llena de ansiedad y temor.
Durante ese tiempo, mi hermano me acompañaba por teléfono, oraba conmigo y me leía la Palabra. Me hablaba de lo que Cristo había hecho por mí. A veces pasábamos horas así, hasta que lograba calmarme. Con el tiempo, me recuperé de salud, pero en mi corazón quedó el deseo de conocer más de ese Dios del que él me hablaba.
Cuando llegó la plandemia, cerraron todas las Iglesias. Yo sentía una gran necesidad de escuchar la Palabra, y recordé todo lo que Milton me había contado. Le pregunté cómo podía oír a los Pastores y me explicó cómo conectarme a las Enseñanzas por Facebook. Así conocí las transmisiones de Iglesia Palabra Pura, y desde el primer mensaje sentí algo distinto.
Empecé a seguir cada Enseñanza, una tras otra. También me hice Miembro Online del Ministerio. No podía parar. Me asombraba con cada verdad que aprendía: entendí lo que significaba el Cuerpo y la Sangre de Cristo, comprendí que Dios no manda las enfermedades, sino que ya fuimos sanados por las llagas de Jesús. Todo era nuevo para mí, pero cada Palabra me daba vida.
Le pedí a mi hermano el libro La Santa Cena y lo leí con devoción. También lo compartí con otras personas que estaban pasando momentos difíciles. Poco a poco fui entendiendo mi autoridad como creyente, y eso cambió mi manera de orar y de vivir.
Un día, en una competencia de ciclismo, mi hijo menor sufrió un accidente terrible. Se cayó junto con otros competidores y la bicicleta le destrozó la cara. En la clínica, los médicos dijeron que tenía fractura de nariz y mandíbula. Lo iban a operar de urgencia.
Yo recordé lo que había aprendido: que los padres tenemos autoridad espiritual sobre nuestros hijos. Me arrodillé en la sala de espera y oré con todo mi corazón. Le pedí al Señor que obrara y que el cirujano saliera a decirme que mi hijo no tenía nada. Y así fue. El médico me llamó sorprendido: “No entiendo qué pasó. No hay ninguna fractura. La nariz y la mandíbula están perfectas”. Solo le habían hecho algunos puntos por las heridas externas.
Lloré de agradecimiento. Sabía que había sido Dios. Y mi hijo mismo testifica de ese milagro con convicción.
Tiempo después, mi hija, a quien los médicos siempre le habían dicho que no podría tener hijos, quedó embarazada. Pero a los tres meses le hicieron un examen y le dijeron que el bebé venía con síndrome de Down. Fue un golpe muy duro. Mi hija lloraba sin consuelo, pero yo le recordé que Dios tiene la última palabra. Ella decidió no aceptar el aborto que le propusieron, y dijo: “Recibo a este bebé como Dios me lo quiera dar, y lo amaré con todo mi corazón.”
Oramos juntas, y cuando la niña —a quien llamamos Eva— nació prematura, a los siete meses, todos se asombraron: tenía pulmones fuertes, no necesitó oxígeno y los exámenes mostraron que estaba completamente sana. Hoy Eva es una niña alegre, inteligente y llena de vida.
Además, Dios ha bendecido a mi familia de muchas formas. Mi hijo mayor enfrentó un problema con una empresa que no le cumplió en su negocio. Oramos y, aunque parecía imposible, la compañía finalmente reconoció su error y le pagó lo invertido. Dios obró con justicia y paz, sin necesidad de pleitos ni abogados.
Ser parte de Iglesia Palabra Pura ha transformado mi vida. Antes no sabía ni cómo buscar un versículo; hoy, la Palabra es mi alimento diario. He aprendido a diezmar con gozo, reconociendo que todo lo que tengo proviene de Dios. Él nunca ha dejado que falte nada en mi casa.
Y lo más grande que he entendido es esto: Jesucristo lo hizo todo por mí.
Ya no tengo miedo, porque sé que Él vive en mí, que me sana, me protege y me sostiene.
No quiero volver atrás. Solo quiero seguir avanzando, aprendiendo y compartiendo de Su amor con otros.
Agradezco profundamente a los Pastores Rafael y Adriana Lemes, y a todo el equipo de Iglesia Palabra Pura, por guiarnos con la Palabra y mostrarnos el verdadero corazón de Dios. Cada enseñanza, cada oración y cada palabra han sido vida para mí.
Toda la gloria sea para Dios, que me ha enseñado a vivir en fe, en gratitud y en paz.

