Una de las razones por las que muchos creyentes se frustran al orar es porque presentan peticiones a Dios, sin realmente tener una certeza de cuál es la voluntad de Dios respecto a sus peticiones.
Si analizamos, esos creyentes lo que hacen es apresurarse a orar, pues creen que hablando rápido y pidiendo rápido, los resultados también serán rápidos. Pero la fe no funciona con prisa; funciona con entendimiento. Jesús enseñó que primero debemos permanecer en la Palabra, y solo después presentar nuestras peticiones:
JUAN 15:7 (RVR) “Si permaneciereis en mí, y mis palabras permanecieren en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.”
Noten el orden, primero va el conocimiento de la Palabra, y solo luego de permanecer en la Palabra, viene la petición. Es decir, que la oración de petición no es una oportunidad para averiguar la voluntad de Dios; sino el resultado del conocimiento de la voluntad de Dios. Por lo tanto, la oración de petición es la expresión natural de quien ya ha comprendido lo que Dios ha dicho.
Por eso, un hijo de Dios jamás debe acercarse en la oración de petición con un “Señor, si quieres…”. No, porque esa frase le pertenece a quien no conoce la Palabra. En esa oración de “Si Tú quieres”, no hay fe, hay una mente inquieta, que no se puede parar firme ante las Promesas de Dios.
Uno no espera a ver “si Dios quiere”, porque Dios ya dijo lo que quiere en Su Palabra, y si lo que esperamos ver manifestado en nuestras vidas, aparece en la Palabra como un Sí para nosotros, entonces no preguntamos, sino que nos ponemos de acuerdo afirmando. No tanteamos, declaramos. Es decir, la cuando la voluntad ya está revelada, la petición se convierte en un acto de fe, no en un acto de incertidumbre.
La Palabra lo dice así:
1 JUAN 5:14-15 (RVR) “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él oye nuestras peticiones, cualquiera que sea nuestra petición, sabemos que tenemos lo que le hayamos pedido”
Como pueden notarlo, resalté la palabra confianza, porque deben tener claro que la confianza al hacer una oración de petición, no debe descansar en nuestro tono de voz, ni del esfuerzo que hayamos tenido al extender las palabras, ni de repetir frases que se vuelven un cliché; sino de saber qué es lo que Él quiere.
Nunca traten de orar sin ir a la Palabra y conocer cuál es la voluntad de Dios, porque esa certeza que necesitamos al orar solo la da la Palabra. Recuerden que el mismo Señor Jesucristo, nos mostró que así venció al enemigo cuando este le tentaba una y otra vez, diciéndole: “Escrito está”. Sus palabras no nacían del deseo, sino de lo que el Padre ya había establecido. Entonces, si nuestro amado Jesús, siendo el Hijo de Dios, se apoyaba en lo que estaba Escrito, ¿cuánto más nosotros?
Déjenme profundizar un poco más respecto al por qué no se debe orar sin tener certeza de cuál es la voluntad de Dios: cuando una persona hace una oración de petición así, su alma queda dividida: pide, pero duda; habla, pero no descansa; declara, pero internamente retrocede. La Palabra nos describe esa condición como la onda del mar, movida y agitada, y le advierte a quien actúa así, que no recibirá nada de lo que pida.
SANTIAGO 1:6-7 (RVR) “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es movida por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.”
¿Lo ven? Pidan con fe, es decir, con confianza en Dios, y la confianza viene cuando la voluntad de Dios está clara. Por eso presentar una petición a Dios en medio de una necesidad, no es el primer paso; es casi el último. Antes viene escuchar, meditar, discernir, separar la emoción de la verdad, y dejar que la Palabra limpie lo que pudimos haber inventado en nuestro corazón, que no hace parte de lo que Dios quiere para nosotros.
Y cuando finalmente la oración de petición se presenta desde esa certeza interna, la petición deja de ser una carga porque ya no nace de la ansiedad, sino de la revelación. No se empuja. No se fabrica. No se intenta. Simplemente nace. Porque ahora ya no se ora para ver qué quiere Dios, sino porque ya se vio qué quiere Dios. Y cuando la petición nace así, nace firme, limpia y llena de poder. Porque donde la voluntad de Dios está clara, la fe se vuelve invencible.

