Iglesia Palabra Pura

Vivimos en un tiempo donde se habla mucho de fe, pero se entiende poco lo que realmente significa creer. Para muchos, creer se ha vuelto en un sinónimo de sentirse bien, de recibir ánimo por un momento o de encontrar consuelo cuando las cosas no salen como esperamos. Sin embargo, la Biblia nos muestra que la fe verdadera es algo mucho más profundo: es una convicción establecida, cuidada y protegida, porque de ella depende nuestra manera de vivir.

Para entenderlo mejor, imaginemos una Isla donde el viento no deja de soplar nunca. Tengan claro que no me refiero a una brisa ocasional, sino a un viento constante, soplando día y noche, todos los días del año. Al principio podría parecer agradable, incluso refrescante. Pero la verdad es que si vivieran allí, pronto entenderían que ese viento constante no es precisamente inofensivo, sino por el contrario una amenaza constante, porque todo lo que no esté bien asegurado fácilmente será movido. Y todo lo que quede expuesto, tarde o temprano, se perderá.

Ahora llevemos esa imagen a nuestra vida espiritual. La Biblia nos enseña que no vivimos solamente en un mundo natural y visible. Vivimos también en un mundo espiritual, donde hay una batalla constante por nuestra mente, nuestras creencias y nuestra manera de ver a Dios. Ese “viento” espiritual no se detiene. No descansa los domingos. No se toma vacaciones cuando todo va bien. Sopla todos los días. Por eso el problema no es que existan vientos de doctrina (Efesios 4:14), opiniones diferentes o mensajes contradictorios. El problema aparece cuando nuestra fe no está protegida.

Jesús fue muy claro al dar la gran comisión. Él no dijo: “Vayan y motiven a las personas” ni “vayan y anímenlas para que se sientan mejor”. Sino que Jesús dijo:

MATEO 28:19 (NTV) “Por lo tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”

¿Ven la diferencia en “Vayan y hagan discípulos”? Un discípulo no es alguien que solo se emociona; es alguien que ha sido formado. Y la formación toma tiempo, repetición y enseñanza constante. Pero sobre todo, requiere una base sólida en la Palabra.

Por eso, cuando vemos a la Iglesia Primitiva en el Libro de los Hechos, notamos algo muy importante: los creyentes perseveraban en la doctrina de los Apóstoles (Hechos 2:42). Es decir, que no era una actividad ocasional ni limitada a un día de la semana, ellos perseveraban. Ellos entendían que la Palabra no era solo información, sino el sustento que los mantenía firmes en medio de la presión externa.

Entiendan que cuando una persona vive de emociones, su fe sube y baja. Si todo va bien, se siente fuerte. Si algo sale mal, se derrumba. Pero cuando una persona vive basada en la Palabra, su fe permanece estable, aun cuando las circunstancias cambian. No porque no sienta dolor, sino porque sabe en qué (las Promesas de la Palabra de Dios) y en Quién (Dios, el dador de las Promesas) cree.

El Apóstol Pablo comprendía profundamente esta verdad. Por eso, aun a hombres maduros y comprometidos como Timoteo, tuvo que exhortarlos con firmeza.

1 TIMOTEO 4:14 (RVR) “No descuides el don que hay en ti…”

Y Más adelante le añadió: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina” (1 Timoteo 4:16). Por lo tanto, pensemos: si la doctrina no pudiera descuidarse, Pablo no habría tenido que advertirlo. El descuido no ocurre de un día para otro; ocurre cuando nos relajamos.

Más adelante Pablo fue aún más directo con Timoteo: “Guarda lo que se te ha encomendado” (1 Timoteo 6:20). Ese indicación de guardar implicaba proteger, cuidar, poner límites. Significaba entender que hay algo valioso que no puede quedar expuesto a cualquier viento.

Y esto mismo le sucedió a las Iglesias de Galacia. El Apóstol Pablo se sorprendió de que, en tan poco tiempo, se hubieran apartado del Evangelio de la Gracia para seguir otro mensaje (Gálatas 1:6). Ellos habían conocido la verdad, la habían celebrado, pero no la protegieron. Y cuando bajaron la guardia, otras ideas ocuparon su lugar.

Aquí es donde la Palabra nos confronta con amor. No podemos vivir toda la semana sin cuidar nuestra fe y esperar que una hora de enseñanza nos sostenga. No podemos buscar la Palabra solo cuando hay crisis. Tampoco podemos relajarnos espiritualmente cuando “todo está bien”. ¿Por qué? Porque el viento no se detiene, y la batalla tampoco.

El Apóstol Pedro también nos alertó con claridad cuando dijo:

2 Pedro 3:17 (RVR) “… guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza”

Y luego añadió algo clave: “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo…” (v. 18). Crecer no es automático. Requiere intención. Requiere cuidado.

Es importante decirlo con claridad: Dios ya lo hizo todo por nosotros en Cristo. No tenemos que ganarnos Su amor ni Su aceptación. Pero no podemos negar nuestra responsabilidad como creyentes de proteger nuestras creencias en la verdad de la Palabra, porque una fe descuidada se debilita, aunque la verdad siga siendo verdad.

Cuidar lo que creemos no es una carga, es una protección. No es legalismo, es sabiduría. Es entender que aquello que nos da vida merece ser guardado con diligencia.

Hoy más que nunca, necesitamos creyentes que no solo escuchen la Palabra, sino que la guarden, la mediten y la vivan. Porque una fe cuidada permanece firme. Y una fe firme produce una vida estable, madura y victoriosa en Cristo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SELECIONA TU MONEDA