Iglesia Palabra Pura
  • 23 enero, 2026
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Descubrió que sí podía servir desde la distancia

Mi nombre es Gloria Janeth Castellanos, vivo en Barcelona, un corregimiento del departamento del Quindío, Colombia, y deseo compartirles un testimonio que para mí ha sido profundamente especial.

Soy Miembro online del Ministerio y hace poco me animé a participar más activamente en la Iglesia. Aunque conocía la Palabra desde mis 14 o 15 años, nunca la había entendido de forma tan profunda y transformadora como ahora.

A través de Iglesia Palabra Pura, Dios renovó mi vida, mi mente y mi fe. Agradezco inmensamente a nuestros Pastores por enseñar la Palabra de Dios tal cual es, con verdad y claridad. Siempre había querido servir, pero como vivo lejos, me preguntaba:
“¿Cómo voy a servir si no estoy presencialmente? ¿Cómo lo haré desde la distancia?”
Aunque mi esposo y mi hija me animaban, aún tenía dudas.

Días después, los Pastores y la Coordinadora del Departamento de Miembros enviaron información diciendo que también los Miembros online podíamos servir. Esa noticia me llamó mucho la atención, me llenó de ilusión… pero también de dudas. Sin embargo, Dios ya estaba preparando algo.

Un detalle muy sencillo fue el punto de partida. Yo siempre compro huevos orgánicos de finca. Pero mi prima —quien me los vendía— me avisó que no podía seguir vendiéndome.

Esa noche llegó mi papá, le conté la situación y me dijo que donde él trabajaba había una muchacha que también vendía huevos de gallina de campo, y que según ella, me conocía. Yo no recordaba quién era, pero acepté que él le preguntara para comprarle.

A la semana, la muchacha apareció en casa de mi hermana dejando los huevos.
Cuando mi hermana me dijo su nombre —Elisa— la recordé: una joven que años atrás había trabajado con ella en unas cabinas de internet.

Lo sorprendente es que ella vivía en una finca exactamente por la zona donde trabaja mi papá. Así, sin que yo lo buscara y sin planearlo, Dios me conectó con ella.

Tras varias semanas comprándole huevos, un día mi esposo me dijo:
“Vamos por los huevos donde tu amiga”. Yo respondí: “No, ella no es mi amiga… es amiga de mi hermana”. Pero acepté acompañarlo.

Cuando llegamos, Elisa abrió la reja —algo que nunca hacía— y me saludó con cariño.
Al acercarme me sorprendió verla caminando, porque mi hermana me había contado que hacía poco había sufrido una parálisis severa, al punto de quedar casi en estado vegetal durante año y medio en la clínica, ella hablaba, movía los ojos, pero no podía mover su cuerpo. Su familia y el personal médico hacían todo por ella. Yo sabía de esa historia, pero no la había visto desde entonces.

Al verla de pie, me alegré y le dije: “Elisa, qué bueno verla así. La veo muy bien”. Ella bajó la mirada, se le llenaron los ojos de lágrimas y me dijo: “No, Janeth… yo no estoy tan bien. A veces se me paraliza medio cuerpo, me dan dolores horribles, tengo mucho miedo… pienso en mi hija. No estoy como quisiera”.

En ese momento sentí que Dios me estaba diciendo: “Aquí es. Háblale”.

Le indiqué mi intención para hablarle de la Palabra de Dios y ella aceptó con gusto. Le expliqué lo que aprendemos en la Iglesia: que por las llagas de Jesús fuimos sanados, que a todos los que recibimos a Jesús, la sanidad nos pertenece, que necesitamos renovar la mente y que lo que declaramos con la boca se manifiesta en nuestro cuerpo.

Ella quedó impactada. Me dijo: “Janeth, yo voy a una Iglesia… pero esto nunca me lo han enseñado. Yo nunca había escuchado eso”. Le mostré Isaías 53, y le dije cómo confesar su sanidad cada día.

También me dijo que casi no leía la Biblia porque su versión era difícil de entender y ella pensaba que la Biblia cambiaba según la denominación. Le expliqué que todas son la Palabra de Dios, solo cambian las versiones o traducciones. Eso la sorprendió muchísimo, porque nadie se lo había aclarado.

Hablamos por más de una hora. Mi esposo y mi hija, que estaban en el carro, vieron cómo su rostro cambió: llegó tensa, ansiosa, temerosa; y terminó tranquila, aliviada, con esperanza.

Le compartí los Audios de la Escuela Bíblica sobre sanidad y seguimos en contacto.
La verdad, a veces escucha los Audios, a veces no. Me pide paciencia. No ha dado aún pasos grandes… pero sé que Dios está trabajando.

Cuando llegué a casa, mi esposo me dijo: “¿Ves? Dios te respondió. Sí puedes servir. Sí te puede usar”. Y entendí que es verdad. Dios me mostró que no importa la distancia, ni si uno se siente “poca cosa”, ni si uno es Miembro presencial o lo es online. Cuando Él quiere usar a alguien, lo hace incluso a través de algo tan simple como comprar huevos en una finca.

Quise compartir este testimonio porque sé que hay muchos que, como yo, sienten el deseo de servir pero no saben cómo. Dios me enseñó que: Él nos usa donde estemos, Él abre las puertas, Él pone a las personas, Él prepara el momento, y Él da las palabras. Solo debemos estar dispuestos.

Toda la Gloria sea para Dios.

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