Mi nombre es Luz Marina Prieto, miembro de Iglesia Palabra Pura, y hoy quiero dar toda la Gloria a Dios compartiendo un testimonio de sanidad que marcó profundamente mi fe.
Todo comenzó el 28 de Agosto del 2025, cuando recibí un dictamen médico que no esperaba. El diagnóstico fue estenosis e insuficiencia de las vías lagrimales. En términos sencillos, mis vías lagrimales estaban tapadas, lo que afectaba seriamente mis ojos y mi calidad de vida.
Me realizaron un primer procedimiento, pero el resultado no fue completo: solo la vía derecha logró destaparse; la izquierda no respondió. Ante esto, el especialista decidió enviarme a realizar exámenes de imágenes para determinar el siguiente paso. Después de revisar los resultados, el doctor fue claro: necesitaba cirugía. Él mismo me explicó que ese tipo de intervención no la realizaba y que debía remitirme a un colega cirujano.
Cuando escuché la palabra cirugía, mi corazón se estremeció. Según me explicaron, era un procedimiento delicado que implicaba intervenir el tabique y realizar una apertura en la parte superior. Humanamente, el panorama no era alentador.
Pero en medio de todo esto, yo no me quedé quieta, sino que accioné mi fe, orando, declarando la Palabra y afirmando mi sanidad. También me miraba al espejo y le decía al Señor:
“Padre, yo confío en Ti. Tu Palabra dice que soy sana. Creo que no tendré que pasar por esa cirugía”.
Llegó el día de la cita con el cirujano. Él revisó toda mi historia clínica y me dijo que primero me haría un procedimiento diferente y que, dependiendo del resultado, definiría si era necesaria la cirugía.
Justo en esos días, los Pastores Rafael y Adriana Lemes habían llegado a la Sede de Pereira (Colombia), y hubo una noche de alabanza y oración. Cuando hicieron el llamado, pasé al frente. Allí volví a rendirle esta situación al Señor, con fe y con la certeza de que Él tenía el control.
No puedo negarles que el procedimiento, que no era en sí la cirugía, fue muy doloroso. Pero cuando el médico me preguntó si el líquido ya estaba pasando, pude decirle que sí, que lo sentía claramente. Había lágrimas mezcladas con sangre, pero algo estaba ocurriendo. Cuando terminó, el médico me miró y me dijo unas palabras que jamás olvidaré: “Ya no te tengo que operar. No necesitas cirugía”.
En ese instante, mi corazón saltó de gozo. Dentro de mí solo podía decir:
“Este es mi Dios. Este es mi Padre”.
Después de todo lo que los médicos habían determinado, después del diagnóstico y de la cirugía programada, Dios tuvo la última palabra. Hoy continúo en controles médicos, como corresponde, pero la cirugía quedó totalmente descartada.
Durante todo este proceso lloré, oré y di gracias. Nunca dejé de declarar la Palabra, y hoy puedo decir con certeza que valió la pena depositar toda mi confianza en el Señor.
Este testimonio es para la Honra y Gloria de Dios.
Porque cuando confiamos en Él, aun cuando hay diagnósticos, procedimientos y planes médicos establecidos, Su poder sigue siendo mayor.
A Dios sea toda la Gloria.

