Iglesia Palabra Pura
  • 13 marzo, 2026
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Dios tiene la última palabra

Mi nombre es Geilen Rave, miembro presencial en la Sede de Pereira. Hace un poco más de un año llegué a Palabra Pura Blaze gracias a una amiga muy especial, quien Dios usó para guiarme a la Iglesia. Ella me envió las Enseñanzas de la Escuela Bíblica sobre Sanidad, al principio, creí que no eran para mí sino solo para mi mamá, que se encontraba con varias enfermedades que le causaban mucho dolor. En esas noches en las que ella no podía dormir, los ponía para ella y notaba cómo encontraba calma y podía descansar. Sin darme cuenta, mientras acompañaba a mi mamá en su proceso, Dios también estaba obrando en mí, enseñándome a entregarle mis cargas, a confiar y a fortalecer mi fe.

En marzo del año pasado me diagnosticaron cálculos en la vesícula, aunque al principio confundía los dolores con una gastritis habitual. Sentía fuertes punzadas en la boca del estómago, pero no lograba distinguir la causa. Todo cambió una madrugada de agosto: desperté con un dolor insoportable que me impedía levantarme o comer. En ese momento estaba sola porque mi mamá se encontraba en Bogotá, en recuperación de un trasplante de cadera. Durante esos días tomé medicamentos para el dolor, pero no sentí alivio alguno.

El dolor se intensificaba y no podía comer nada; incluso lo que ingería lo vomitaba. Al llegar el lunes, traté de seguir con mis actividades normales, pero el dolor me sobrepasó. Fue entonces cuando contacté a mi jefe, quien inmediatamente me indicó que debía ir a urgencias. Allí me aplicaron medicamentos, pero tampoco funcionaron. Los médicos me recomendaron trasladarme a una clínica de Dosquebradas, aunque al principio no me atendieron porque no consideraban mi situación como urgente. Entre lágrimas, expliqué la situación a mi mamá y a mi jefe, quien logró movilizar contactos para que finalmente me atendieran.

En la clínica recibí los primeros cuidados, exámenes y medicamentos, pero mi cuerpo comenzó a mostrar signos de alarma: mi piel se puso amarilla y vomitaba bilis. Ante la gravedad de la situación, los médicos decidieron trasladarme a Bogotá, ya que en Dosquebradas no contaban con los equipos ni especialistas necesarios para tratar mi caso. Llegué allí extremadamente débil, con pérdida de peso significativa y venas dañadas por los medicamentos. Para administrarme tratamientos y alimentos, me colocaron un catéter directo al corazón y una sonda para drenar la bilis acumulada.

Los médicos me informaron que era necesaria una cirugía urgente y que existía la posibilidad de abrir completamente mi abdomen si encontraban infección grave. Sentí miedo, mucho miedo. Pensaba en mi familia, en mi mamá que también estaba hospitalizada y en mi papá, que estaba preocupado y tratando de apoyarnos a las dos. En ese momento recordé los audios de la Escuela Bíblica sobre sanidad y todo lo que había aprendido sobre confiar en Dios. Le entregué mi vida completamente y declaré sanidad sobre mi cuerpo, confiando en que Él estaba conmigo.

La cirugía fue complicada y se prolongó más de lo habitual, durando alrededor de cinco horas adicionales debido a la inflamación y contaminación de la vesícula, pero no fue necesario abrirme completamente. Cuando desperté, solo sentí pequeñas incisiones, y supe que Dios había estado conmigo en todo momento. La recuperación fue larga y dolorosa, pero pude estar acompañada de mi mamá y mi papá, quienes me apoyaron incansablemente durante los días hospitalizados.

Hoy puedo decir con certeza que Dios sanó mi cuerpo, estuvo presente con mi familia y transformó mi fe. Aprendí que incluso cuando los diagnósticos médicos son graves, Él sigue siendo fiel y que su voluntad es siempre buena para nosotros. Esta experiencia me enseñó que Dios tiene la última palabra y que Su mano poderosa puede obrar en medio de la prueba. Cada día que recuerdo este proceso, doy gracias a Dios por Su amor, por Su protección y por enseñarme que la fe verdadera se demuestra confiando plenamente, incluso cuando todo parece perdido.

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