Mi nombre es Julian David Pascuas, y crecí en un hogar cristiano. Desde que nací, mis padres nos llevaban a la Iglesia, una Iglesia Bautista en la ciudad de Pereira. Mis hermanos y yo fuimos criados allí, asistiendo cada domingo, aprendiendo desde pequeños en la escuela dominical, donde tuve maestros que marcaron mi vida y me enseñaron fundamentos importantes de la Palabra.
Sin embargo, con el paso del tiempo, las cosas en mi hogar comenzaron a cambiar. Durante mi adolescencia, mi papá tomó decisiones financieras que no fueron sabias. Se involucró en un proyecto de construcción que lo llevó a endeudarse fuertemente, primero con bancos y luego con familiares y amigos. En medio de esa presión, se alejó de la Iglesia, dejó de escuchar la Palabra, y poco a poco todo empezó a deteriorarse.
La situación económica en casa se volvió muy difícil. Hubo momentos en los que apenas teníamos para dos comidas al día. Muchas veces comíamos lo mismo: arroz con huevo, arepa y aguapanela. A la par, la relación entre mis padres también se afectó; comenzaron las discusiones constantes, el ambiente en casa se volvió tenso, y eventualmente mi mamá también dejó de asistir a la Iglesia. Después, mis hermanos hicieron lo mismo.
Yo era el único que seguía yendo. Tenía alrededor de trece o catorce años, y aunque estaba solo en eso dentro de mi familia, sabía que debía congregarme. No lo hacía por emoción, sino por convicción. Sin embargo, al crecer y pasar al Servicio de adultos, empecé a cuestionarme seriamente. Sentía que ya no estaba aprendiendo nada. Las enseñanzas eran muy superficiales, repetitivas, y no encontraba profundidad en la Palabra. Llegó un punto en el que me pregunté: “¿Qué hago yo aquí?”.
Finalmente, decidí dejar de asistir a esa Iglesia. No quería dejar de congregarme, pero tampoco quería quedarme en un lugar donde no estaba creciendo. Al mismo tiempo, tenía cierto rechazo hacia otras Iglesias, especialmente aquellas donde veía prácticas que no encontraba en la Biblia. Así que me encontré en una especie de búsqueda interna, preguntándole a Dios hacia dónde debía ir.
Un día, una persona muy importante para mí, quien había sido mi maestra en la infancia, me habló de una Iglesia llamada Palabra Pura. Eso llamó mi atención. Si alguien que yo respetaba había tomado esa decisión, pensé que valía la pena intentarlo.
Fui por primera vez en el año 2018. Llegué escéptico, a la defensiva. Desde pequeño me habían enseñado a comprobar todo con la Biblia, así que eso fue exactamente lo que hice. Cada versículo que mencionaban, yo lo buscaba. Quería asegurarme de que todo fuera fiel a la Escritura. ¡Y lo era!
Desde el primer día en Iglesia Palabra Pura, algo cambió. Todo tenía sentido. Era claro, ordenado, Bíblico. Recuerdo haber pensado: “¿Cómo es posible que nunca me hayan enseñado esto antes?”. Ese día supe que había encontrado el lugar correcto.
Comencé a asistir con constancia, y aunque en mi casa nadie quería volver a congregarse, poco a poco empecé a compartirles lo que estaba aprendiendo. Primero convencí a mi hermana, luego a mi mamá, y empezamos a ir juntos. Mi papá, en cambio, nunca aceptó. Se generaron tensiones en casa, desacuerdos, pero yo permanecí firme en lo que había encontrado.
Con el tiempo, mi vida tomó un nuevo rumbo. Siempre había tenido el deseo de irme a Canadá a estudiar y vivir. En el año 2020, en medio de la plandemia, se abrió la oportunidad. Apliqué a una maestría, conseguí apoyo financiero y en 2021 viajé a Canadá como estudiante.
Aunque cambié de país, nunca me desconecté de lo que Dios venía haciendo en mi vida. Seguí siendo parte de Iglesia Palabra Pura, de manera online, atento a cada enseñanza y procurando mantenerme firme en la Palabra, incluso en medio de una nueva etapa que traía grandes retos.
Migrar no es fácil. Es un proceso lleno de desafíos: estás en un país nuevo, en otro idioma, lejos de tu familia, enfrentando un clima difícil y muchas responsabilidades al mismo tiempo. Tenía que estudiar, trabajar medio tiempo y cumplir con todas las condiciones migratorias.
Fue en ese contexto donde viví uno de los procesos más fuertes de mi vida. El crédito que tenía para pagar la universidad no fue aprobado en su totalidad por un error en el formulario. Me faltaban aproximadamente seis mil dólares para terminar mis estudios. Humanamente, era imposible. Mi ingreso apenas cubría mis gastos básicos, y el margen de ahorro era mínimo.
Aun así, tomé una decisión: no iba a hacer nada ilegal. Aunque muchos me sugerían trabajar más horas de las permitidas, me mantuve firme. Prefería confiar en Dios que comprometer mis principios. Empecé a vivir en modo de ahorro extremo. Comía lo mínimo, no salía, no gastaba en nada innecesario. Hubo momentos muy duros, de cansancio, de llanto, de incertidumbre. Pero también hubo algo constante: la Palabra.
Todos los días me aferraba a una Promesa: poner mis preocupaciones en manos de Dios (1 Pedro 5:7). Oraba, declaraba, perseveraba. Y aunque las cuentas no daban, decidí creer que Dios sí tenía la provisión.
¡Y sucedió! De una manera que hasta hoy no puedo explicar completamente, logré pagar toda la universidad. Sin hacer nada indebido, sin exceder mis límites, sin comprometer mis convicciones. Incluso, al final, me sobró dinero. Ahí entendí que Dios realmente sustenta.
Después de graduarme, obtuve un permiso de trabajo y apliqué a la residencia permanente. Tenía un perfil muy bueno, pero el proceso se volvió inesperadamente complicado. Documentos que no llegaban, retrasos constantes, respuestas tardías. Meses de espera que se convirtieron en ansiedad, presión y pensamientos negativos.
Fue una batalla emocional. Pero nuevamente, me aferré a la Palabra. Aprendí a detener los pensamientos negativos, a no darles lugar, a seguir creyendo. Busqué apoyo en oración en la Iglesia, incluso llamé a la Iglesia para recibir oración en un momento crítico.
Y algo cambió. Después de esa oración, el proceso finalmente se destrabó. Recibí la confirmación de mi residencia permanente. Fue un momento de descanso, de alivio, de gratitud profunda.
Pero Dios no se quedó ahí. En poco tiempo, llegaron respuestas que yo había estado orando durante meses: ¡recibí un mejor trabajo, con un salario mucho mayor al que esperaba, mejores beneficios y oportunidades! También pude mudarme a un lugar propio, en excelentes condiciones, algo que parecía muy difícil en Canadá.
Hoy puedo ver claramente que todo fue un proceso guiado por Dios. Cada dificultad, cada retraso, cada desafío, no fueron el final, sino parte del camino. Aprendí a confiar, a permanecer firme, a no negociar mis principios y a sostenerme en la Palabra aun cuando las circunstancias decían lo contrario.
Hoy estoy viviendo lo que un día creí por fe. Y si algo puedo decir con certeza es esto: Dios es fiel. No siempre el proceso es fácil, pero si permaneces firme, si no te sueltas, si decides creerle, vas a ver Su mano obrar.
Mi historia es evidencia de que cuando uno se mantiene en la Palabra, Dios se encarga del resto.

