Iglesia Palabra Pura

Continuamos con esta corta Serie sobre la fe, aclarando puntos primordiales sobre su funcionamiento. Hasta aquí hemos entendido qué es la fe, cómo opera y cómo comienza cuando creemos y hablamos conforme a la Palabra.

Ahora vamos a profundizar en un punto clave: cómo mantenernos en esa misma línea para que lo que hemos creído llegue a manifestarse, ya que esta es la parte que muchas veces no se explica bien.

Para entenderlo mejor, volvamos al ejemplo del pastel. Una vez que la mezcla está lista, entra en una etapa determinante: el horno.

Cuando la masa entra al horno, necesita mantenerse bajo condiciones exactas de temperatura constante. Si alguien abre la puerta antes de tiempo, aunque sea por unos segundos, el calor se escapa, la temperatura baja y el proceso se interrumpe. El resultado puede ser un pastel que no crece, que se hunde o que no cumple su propósito.

Así también ocurre en la vida espiritual. “Abrir la puerta del horno” es cambiar lo que hemos dicho en fe. Es hablar en contra de lo que declaramos. Es permitir palabras de duda, temor o incredulidad después de haber hablado conforme a la Palabra.

Por ejemplo, si oramos por sanidad y luego decimos “esto no va a funcionar” o “cada vez estamos peor”, estamos haciendo lo mismo que abrir el horno: estamos alterando las condiciones necesarias para que aquello que comenzó a formarse llegue a manifestarse.

Cada palabra contraria es como dejar escapar el “calor” que sostenía el proceso. Y es importante entender esto: no es que Dios no quiera responder, es que nosotros mismos interrumpimos el desarrollo de lo que ya había comenzado en fe.

Por eso es tan importante comprender que la fe no solo inicia con lo que decimos, sino que se sostiene con lo que seguimos diciendo. Jesús lo dejó claro cuando les enseñó a Sus Discípulos este principio:

MARCOS 11:23 (NVI) “Les aseguro que si alguno dice a este monte: “Quítate de ahí y tírate al mar”, creyendo, sin abrigar la menor duda en el corazón de que lo que dice sucederá, lo obtendrá.”

Si observamos bien, Jesús no hizo énfasis en el tamaño de la fe, sino en la firmeza y constancia de lo que decimos. Por eso, el punto que tenemos que cuidar no es solo comenzar en fe, sino mantener el lenguaje de la fe. Tenemos que asegurarnos de no cambiar nuestra confesión a mitad del proceso.

En términos prácticos, esto significa que después de orar y declarar la Palabra, tenemos la responsabilidad de sostener esa misma confesión. No importa lo que veamos, no importa lo que sintamos, no importa lo que otros digan. Nuestro enfoque debe ser uno solo: no “abrir la puerta del horno”.

Y mientras esa “puerta” permanece cerrada, tenemos que mantenernos en la postura correcta: dar gracias a Dios por la certeza que tenemos en Sus promesas, permanecer firmes y seguir hablando conforme a lo que ya hemos creído. Porque la fe es certeza, es garantía. Y si es garantía, no tenemos que empezar de nuevo cada vez, sino sostener lo que ya fue establecido.

En conclusión, la fe funciona de manera sencilla, pero no podemos olvidar que exige consistencia para ver resultados. Tenemos que hablar como Dios habla, creer como Él nos enseña y permanecer en esa misma línea hasta que lo invisible se haga visible.

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