Iglesia Palabra Pura

Uno de los errores más comunes en medio de las dificultades no es el problema en sí, sino el enfoque que adoptamos frente a él. Muchos creyentes, sin darse cuenta, tienden a magnificar aquello que les preocupa: lo analizan, lo meditan y lo repiten audiblemente una y otra vez. Y en ese proceso, el problema crece en su percepción hasta ocupar el centro de todo.

Por eso quiero que noten que el pasaje de 2 Crónicas 20 nos muestra una escena completamente distinta sobre cómo actuar en medio de la presión.

2 CRÓNICAS 20:6-10 (DHH) “ exclamó: «Señor, Dios de nuestros antepasados, ¡tú eres el Dios del cielo, tú gobiernas a todas las naciones! ¡En tus manos están la fuerza y el poder: nadie puede oponerte resistencia! Dios nuestro, tú arrojaste de la presencia de tu pueblo Israel a los habitantes de este territorio y se lo diste para siempre a los descendientes de Abraham, tu amigo. Después de haberse establecido aquí, construyeron un templo para ti, y dijeron: “Si nos viene algún mal como castigo, sea la guerra, la peste o el hambre, nos presentaremos delante de este templo, porque tú estás en este templo, y en nuestras angustias te pediremos ayuda, y tú nos escucharás y nos salvarás. Pues ahora, aquí están los amonitas,…”

El rey Josafat recibió el informe de que tres ejércitos venían contra él. Esta era realmente una amenaza abrumadora. Sin embargo, lo que se resalta en este pasaje no es la magnitud del problema, sino la manera en que este rey decide enfrentarlo.

Cuando Josafat oró, ocurrió algo que rompe la lógica natural. Antes de mencionar el problema, se detuvo a exaltar a Dios. Habló de Su poder, de Su autoridad sobre las naciones, de Su fidelidad en el pasado. Durante varios momentos, su enfoque no estuvo en lo que enfrentaba, sino en quién es Dios. Y solo después de haber hecho esto, mencionó la situación.

Este orden no es casual. Es profundamente intencional. Josafat comenzó por Dios. No porque el problema no sea importante, sino porque entiende que la perspectiva correcta cambia completamente la manera de enfrentarlo.

Aquí hay un principio fundamental: lo que tú magnificas determina cómo vives la situación que enfrentas.

Cuando una persona magnifica el problema, todo gira en torno a él. Las emociones se desordenan, la mente se llena de preocupación y las decisiones empiezan a tomarse desde la presión. En ese estado, incluso Dios puede parecer distante o insuficiente, no porque lo sea, sino porque ha sido desplazado del enfoque principal.

Por el contrario, cuando alguien decide magnificar a Dios, algo cambia internamente. No desaparece la dificultad de inmediato, pero sí cambia la forma de verla. Dios vuelve a ocupar el lugar central, y el problema, aunque real, deja de ser dominante.

Es importante entender que magnificar a Dios no significa negar la realidad. En el mismo capítulo 20, Dios reconoce que se trata de una “gran multitud”. El problema existe y es serio. La diferencia está en que no se le da la última palabra.

Magnificar a Dios implica recordar quién es Él en medio de lo que está ocurriendo. Implica traer a la memoria Su fidelidad, Su poder y su capacidad de intervenir, incluso cuando no veamos una solución inmediata. Es una decisión consciente de enfocar nuestro corazón en la verdad, no en la presión del momento.

Josafat no negó la dificultad, pero tampoco la convirtió en el centro de su discurso. Su enfoque está en Dios, y desde ahí presentó la situación. Esa diferencia, aunque pueda parecer sutil, fue determinante.

Este principio sigue siendo vigente hoy. Cada persona, en medio de sus propias luchas, enfrenta la misma decisión: ¿qué voy a magnificar? ¿La presión, la incertidumbre, el problema… o a Dios? Selah.

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