Iglesia Palabra Pura

En el artículo anterior vimos que para avanzar hacia el propósito de Dios es necesario dejar el pasado atrás, pues aprendimos que los errores, las fallas y las experiencias negativas no deben gobernar nuestro presente ni impedirnos caminar hacia aquello que Dios ha preparado para nosotros. Sin embargo, surge una pregunta importante: ¿sobre qué fundamento podemos avanzar con confianza?

La respuesta se encuentra en 2 CORINTIOS 1:21-22 (RVR): “Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios; el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones”.

Lo primero que Pablo nos enseña es que Dios nos ha establecido en Cristo, esto significa que nuestra relación con Él no depende de nuestros sentimientos, de nuestro desempeño o de nuestros errores pasados. Dios mismo nos ha afirmado en Cristo y nos ha dado una posición segura delante de Él.

Esta verdad es fundamental porque muchos creyentes viven inseguros, preguntándose constantemente si son lo suficientemente buenos para que Dios los use, pero la seguridad del creyente no descansa en sus méritos, sino en la obra perfecta de Jesucristo.

Además de establecernos, Dios nos ha ungido, y aunque a menudo se piensa que la unción está reservada únicamente para pastores o ministros, este pasaje fue escrito para toda la iglesia. La unción es el poder y la capacidad que Dios concede para cumplir aquello a lo que nos ha llamado.

Por nuestras propias fuerzas seríamos insuficientes, pero Dios no nos dejó solos, Él nos equipó con todo lo necesario para vivir una vida victoriosa, servirle con eficacia y cumplir el propósito que ha diseñado para nosotros.

Pablo añade una tercera verdad al afirmar que Dios nos ha sellado, pues en los tiempos bíblicos, un sello representaba propiedad, autenticidad y protección, de modo que cuando Dios nos selló, declaró que le pertenecemos. Nuestra identidad ya no está definida por nuestro pasado ni por las circunstancias, sino por nuestra unión con Cristo.

Este sello también habla de preservación porque Dios no solo nos salvó, sino que también nos guarda. Por eso, el Espíritu Santo en nuestros corazones es una garantía de todo lo que Dios ha prometido.

Finalmente, Pablo afirma que todas las promesas de Dios son “Sí” y “Amén” en Cristo, lo podemos ver en 2 Corintios 1:20 (RVR). Esto significa que las promesas de Dios no dependen de nuestra capacidad humana, sino de la fidelidad de Aquel que las hizo.

Por eso podemos caminar hacia adelante con confianza, porque el pasado ha quedado atrás y ahora estamos establecidos en Cristo, hemos sido ungidos para cumplir nuestro llamado y hemos sido sellados como propiedad de Dios. Esta es la seguridad que nos permite obedecer, perseverar y avanzar hacia todo aquello que Él ha preparado para nuestras vidas.

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