Muchos creyentes comienzan con entusiasmo cuando reciben una promesa de Dios, escuchan Su Palabra, creen con alegría y se sienten llenos de expectativa. Sin embargo, el verdadero desafío no es solamente empezar, sino permanecer firmes mientras esperan el cumplimiento de aquello que Dios ha dicho.
La Biblia enseña que, por medio de Jesucristo, hemos sido llamados a algo más que simplemente asistir a una iglesia, pues somos parte de un sacerdocio espiritual. El apóstol Pedro lo declara de esta manera: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” 1 PEDRO 2:9 (RVR). Esta verdad transforma nuestra manera de vivir, porque un sacerdote no solo recibe de Dios, sino que también le ofrece algo continuamente.
Bajo el Antiguo Pacto, la relación entre Dios y el hombre estaba marcada por una separación simbolizada por el velo del templo, el cual impedía el acceso directo a la presencia de Dios, solo el sumo sacerdote podía entrar al Lugar Santísimo una vez al año. Pero cuando Jesús murió en la cruz, ese velo fue rasgado, abriendo el acceso a la presencia de Dios para todos los que creen en Él. Gracias a Su sacrificio, cada creyente puede acercarse confiadamente a Dios y vivir como sacerdote delante de Él.
Como parte de ese sacerdocio, una de nuestras responsabilidades es presentar nuestra vida a Dios, ROMANOS 12:1 (RVR) nos exhorta a presentar nuestros cuerpos “en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”. Esto significa que nuestra fe no se limita a palabras o emociones; se refleja en una vida apartada para Dios, guiada por Su Palabra y no por los valores del mundo.
Sin embargo, existe otro sacrificio que fortalece nuestra fe diariamente, lo podemos ver en HEBREOS 13:15: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza”. La Escritura lo llama sacrificio porque no siempre es fácil hacerlo, es sencillo agradecer cuando todo marcha bien, pero requiere fe levantar las manos y alabar a Dios cuando las circunstancias parecen contradecir Sus promesas.
La alabanza tiene el poder de cambiar nuestro enfoque, cuando damos gracias a Dios, dejamos de concentrarnos en los problemas para poner nuestra mirada en Su fidelidad. No negamos las dificultades, pero recordamos que Dios es mayor que cualquier situación. La alabanza nos ayuda a mantener nuestro corazón firme en lo que Él ha dicho y evita que las preocupaciones ocupen el centro de nuestros pensamientos.
Por eso, el creyente no está llamado a vivir dominado por la queja, sino por la gratitud, cada vez que exaltamos a Dios, recordamos quién es Él, lo que ha hecho por nosotros y las promesas que nos pertenecen en Cristo. De esta manera, nuestra fe permanece enfocada y fortalecida.
Cuando entendemos nuestra identidad como sacerdotes, dejamos de acercarnos a Dios solamente para recibir ayuda y comenzamos a vivir cada día ofreciendo adoración, gratitud y obediencia. Es en esa actitud constante donde nuestra fe madura y aprendemos a confiar plenamente en que Dios cumplirá todo lo que ha prometido.

