Mi nombre es Salomé Escobar, tengo 17 años, y soy miembro presencial de Iglesia Palabra Pura. Hoy quiero compartir cómo Dios restauró mi vida, sanó las heridas de mi corazón y transformó la relación con mi familia.
Desde muy pequeña, debido al trabajo de mis padres no compartía mucho con ellos, lo que hacía que pasara mucho tiempo con las personas que me cuidaban, con el paso del tiempo esto generó en mí una gran soledad y una relación muy distante con mis padres. Al no tener acompañamiento, guía y corrección por parte de ellos, comencé a aislarme, a guardar mis sentimientos, lo que me llevó a tener dificultades para expresar lo que sentía y también para relacionarme con otras personas.
Cuando mis padres se separaron, esas heridas se profundizaron aún más, especialmente con mi mamá, la relación se volvió muy difícil porque la culpaba por muchas cosas y llegué a pensar que la solución a mis problemas era irme a vivir con mi papá. Tiempo después me trasladé a Armenia para vivir con él, creyendo que allí encontraría lo que tanto necesitaba. Sin embargo, la realidad fue diferente, pues mi papá trabajaba mucho y no podía dedicarme el tiempo que yo esperaba; tiempo después se fue a vivir a Brasil, por lo que quedé al cuidado de mi abuela, y su ausencia aumentó mi sensación de abandono, tristeza y enojo.
Cuando regresé a vivir con mi mamá encontré una realidad distinta, pues mi familia había comenzado a asistir a Iglesia Palabra Pura y, por primera vez, empecé a estar en un ambiente donde se enseñaban principios bíblicos, disciplina, límites y autoridad. Al principio fue un cambio difícil para mí, porque estaba acostumbrada a vivir guiada por mis emociones y no comprendía muchas de las cosas que me estaban enseñando.
Durante esa etapa empecé a tener problemas para alimentarme, sufría episodios de ansiedad, vómitos constantes y llegué incluso a arrancarme el cabello, perdiendo parte de él. Aunque estaba atravesando una lucha interna muy fuerte, no sabía cómo expresar lo que sentía ni cómo pedir ayuda.
Tiempo después tuve la oportunidad de irme a vivir a Brasil con mi papá durante aproximadamente dos años y medio. Allí empecé a buscar más de Dios y continué congregándome de manera virtual, a medida que escuchaba la Palabra, Dios comenzó a mostrarme que muchas de las heridas que llevaba dentro estaban afectando mi manera de pensar y de relacionarme con las personas.
Con el tiempo comprendí que necesitaba regresar a Colombia para continuar creciendo en el conocimiento de la Palabra como en mis estudios académicos. Fue entonces cuando inicié un proceso de acercamiento a Dios y por medio de Su Palabra entendí quién era yo en Cristo y comencé a dejar atrás el resentimiento, la rebeldía y las heridas que había cargado durante años.
Una de las áreas donde vi más claramente la obra de Dios fue en la relación con mi mamá, pues durante mucho tiempo pensé que ella era la causa de mi dolor, pero Dios me permitió ver las cosas desde una perspectiva diferente. Poco a poco el Señor sanó nuestro corazón y restauró nuestra relación. Hoy entiendo que ella nunca dejó de amarme y que también estuvo orando por mí durante todo ese proceso.
Además, Dios transformó mi manera de verme a mí misma, comencé a superar muchos de mis temores, mejoró mi autoestima y aprendí a relacionarme mejor con quienes me rodeaban, de modo que lo que antes era inseguridad y aislamiento comenzó a convertirse en confianza y propósito. Actualmente tengo el privilegio de servir en el área de audiovisuales de la iglesia, algo que jamás imaginé años atrás. Mirando hacia atrás, puedo ver cómo Dios tomó mis heridas, mis vacíos y mis conflictos familiares para hacer una obra hermosa en mi vida.
Hoy puedo decir que la verdadera restauración comenzó cuando permití que Dios sanara mi corazón, Él no solo restauró mi relación con mi familia, sino que me mostró mi identidad en Cristo y me dio una nueva oportunidad para vivir con propósito y esperanza.

