Iglesia Palabra Pura
  • 5 junio, 2026
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La transformación que solo Dios puede hacer

Soy Leidy León, miembro presencial de Iglesia Palabra Pura, y quiero compartir cómo Dios transformó completamente mi vida, mi hogar y mi familia.

Crecí en una familia con muchas heridas y vacíos. Mi papá estuvo ausente desde que yo era muy pequeña y mi mamá fue quien asumió toda la responsabilidad del hogar. Desde niña crecí sintiendo mucha soledad y aprendiendo ideas equivocadas sobre las relaciones, la familia y el papel de la mujer. Aunque en mi familia nos llamábamos católicos, realmente no conocíamos la Palabra de Dios. Lo poco que escuchaba sobre Dios venía acompañado de señalamientos y juicios que me hacían sentir que nunca sería digna de acercarme a Él.

Además, crecí rodeada de muchas prácticas esotéricas y supersticiones que para mí eran normales: rituales, baños, “protecciones”, tarot y diferentes creencias que venían de generaciones anteriores. Yo no entendía que todo eso era contrario a la Palabra de Dios y con el tiempo, empecé a tomar decisiones equivocadas en mi vida emocional y sentimental, buscando llenar vacíos que realmente solo Dios podía llenar.

Cuando conocí a quien hoy es mi esposo, nuestra relación comenzó completamente desordenada. Nos conocimos en un bar, empezamos a convivir y rápidamente quedé embarazada de mi hija Emma. Fue precisamente durante ese embarazo cuando nació en mí una necesidad desesperada de buscar protección y acercarme a Dios. Una tía que se congregaba en Iglesia Palabra Pura comenzó a guiarme y empecé a conectarme online desde Bogotá para escuchar la Escuela Bíblica y las Enseñanzas de los Pastores Rafael y Adriana Lemes.

Mientras escuchaba la Palabra, algo empezó a despertar dentro de mí. Sentía hambre de aprender más, aunque todavía había muchas áreas de mi vida que no estaban bien. Poco tiempo después comenzó una situación muy difícil con mi hija. Emma empezó a enfermarse constantemente del estómago. Pasábamos de urgencias en urgencias, hospitalizaciones y exámenes, pero nadie lograba encontrar qué tenía realmente. En medio de la angustia, muchas personas comenzaron a decirnos que era “mal de ojo”, “frío del muerto” y otras cosas similares. Desde la ignorancia, nosotros intentábamos hacer todo lo que nos decían porque estábamos desesperados.

Pero un día una mujer cristiana, cercana a mi familia, que estaba orando por mi hija me llamó y me habló con una autoridad espiritual impresionante. Me dijo claramente que no la llevara a ningún otro lugar, que no permitiera rituales ni rezos sobre ella, porque Dios la estaba protegiendo. Cuando esa mujer mencionó cosas que nadie sabía y habló exactamente de pensamientos que yo había tenido, entendí que era Dios hablándome. Ese mismo día apareció finalmente el diagnóstico médico: mi hija tenía una bacteria en el estómago. Le dieron tratamiento y, para la Gloria de Dios, nunca más volvió a sufrir de eso.

Más adelante nació mi hijo Juan Diego, pero al nacer tuvo complicaciones respiratorias y terminó hospitalizado. Después comenzaron las bronquiolitis, inhaladores, nebulizaciones y diagnósticos médicos que incluso apuntaban a que desarrollaría asma. Yo vivía aterrorizada. Pasé años sin dormir bien, viviendo con ansiedad, miedo y agotamiento. Llegó un momento en el que caí en una depresión muy fuerte y entendí que yo también necesitaba ayuda.

Fue entonces cuando, quebrantada en mi habitación, hice una oración sincera entregándole mi vida a Jesucristo. Ese día no solo oré por mis hijos; entendí que yo también necesitaba ser restaurada. Comencé a aferrarme verdaderamente a la Palabra de Dios y a creerle a Dios por encima de cualquier diagnóstico. Recuerdo que una vez diagnosticaron a Juan Diego con pulmonía, pero yo me aferré a las Promesas de Dios y declaré que mi hijo era sano. Dos días después, los médicos rectificaron y dijeron que sus pulmones estaban completamente bien. Desde entonces, mi hijo no volvió a tener problemas respiratorios.

Dios no solo sanó a mis hijos. También comenzó a sanar mi corazón. Poco a poco Dios transformó mi carácter, mi manera de pensar y mi forma de vivir. Yo era una mujer agresiva, herida emocionalmente y con pensamientos de autosuficiencia que me hicieron cometer muchos errores. Mi esposo inicialmente era muy escéptico con las cosas de Dios, y hubo momentos donde nuestra relación estuvo a punto de terminar. Éramos prácticamente dos personas viviendo bajo el mismo techo, completamente distantes.

Pero mientras yo seguía orando y creyéndole a Dios, algo empezó a transformarse también en el corazón de mi esposo. Mi esposo entregó su vida a Cristo, comenzó a congregarse en Iglesia Palabra Pura y asumió el rol espiritual de sacerdote de nuestra casa. Comenzamos a recibir consejerías, a ordenar nuestra relación conforme a la Palabra y finalmente tomamos la decisión de casarnos y hacer las cosas correctamente delante de Dios. Hoy puedo decir que Dios restauró completamente nuestro hogar. Eso trajo paz, descanso y seguridad a nuestra familia.

También vivimos una transformación financiera muy grande. Aprendimos principios de orden y administración en la Iglesia y Dios nos permitió organizarnos, comprar vivienda propia y tomar decisiones mucho más sabias. Pero más allá de lo material, lo más hermoso ha sido ver la transformación espiritual de nuestra familia.

Hoy nuestros hijos aman a Dios, oran, piden que hagamos la Santa Cena y crecieron entendiendo que dependen del Señor. Y algo que marcó profundamente mi vida fue entender que todas las cadenas generacionales podían romperse en Cristo. Dios me permitió identificar heridas, miedos y patrones familiares que venían de generaciones anteriores, y poco a poco Su Palabra comenzó a traer libertad a nuestra casa.

Hoy miro hacia atrás y entiendo que Dios estuvo conmigo incluso cuando yo no lo conocía. Él sostuvo mi vida en mis peores momentos, protegió a mis hijos, restauró mi matrimonio y me mostró que sí existe una verdadera transformación cuando Cristo entra al corazón.

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