Mi nombre es José Ilian Trujillo, soy miembro presencial de Iglesia Palabra Pura desde hace 5 años, y hoy quiero compartir cómo Dios transformó mis finanzas.
Desde muy joven abracé la deuda como una herramienta normal para crecer financieramente. Mientras trabajaba en un banco, aprendí a utilizar el crédito para comprar y vender bienes, obteniendo ganancias sin pagar intereses; todo parecía funcionar perfectamente. Con el tiempo llegué a tener varias tarjetas con cupos muy altos, lo que me permitió comprar vehículos, lotes e incluso propiedades. Cada negocio exitoso aumentaba mi confianza, pero también mi dependencia de la deuda. Llegó un momento en el que me sentía rico apalancado por el crédito y mi seguridad estaba puesta en lo que podía hacer a través de él.
Tiempo después renuncié al banco y comencé a trabajar de manera independiente. Siguiendo el mismo sistema, ingresé al gremio del transporte y encontré una gran oportunidad en la compra de taxis. El negocio prosperó tanto que decidí endeudarme nuevamente, pero esta vez para adquirir ocho vehículos. Todo parecía marchar bien hasta que llegó la plandemia. La operación se detuvo por completo, los vehículos dejaron de producir y las obligaciones financieras continuaron creciendo. Lo que inicialmente parecía una situación temporal terminó prolongándose por cerca de dos años. Durante ese tiempo veía cómo los vehículos se deterioraban mientras las deudas seguían aumentando.
Me encontré con una deuda cercana a los setecientos millones de pesos colombianos, sin saber cómo responder a los bancos. La preocupación no me dejaba dormir, la incertidumbre consumía mis pensamientos y no podía ver una salida. Todo aquello en lo que había puesto mi confianza se había derrumbado delante de mis ojos. Fue entonces cuando mi esposa me dijo algo que marcó un antes y un después en mi vida: “Es que usted no confía en Dios”. Aunque fue difícil escucharlo, tuve que reconocer que era verdad. Mi seguridad estaba puesta en la deuda, en mis negocios y en mis recursos, pero no en Dios. Caí de rodillas, le pedí perdón al Señor y reconocí que había tomado decisiones sin considerar lo que Su Palabra enseñaba. Como consecuencia, pude experimentar que la deuda es tal como dice la Palabra, una mordedura de serpiente.
A partir de ese momento comencé a hacer cambios importantes alineando mi vida financiera con la Palabra, asistí al seminario de finanzas, entendí el principio del diezmo y aunque estaba completamente endeudado decidí ser obediente, honrar y creerle a Dios apropiándome del versículo que está en Malaquias 3:10-12 (TLA): “Traigan a mi templo sus diezmos, y échenlos en el cofre de las ofrendas; así no les faltará alimento. ¡Pónganme a prueba con esto! Verán que abriré las ventanas del cielo, y les enviaré abundantes lluvias. Además, alejaré de sus campos las plagas de insectos que destruyen sus cosechas y sus viñedos. Tendrán entonces un país muy hermoso, y todas las naciones los considerarán muy dichosos. Yo soy el Dios todopoderoso, y les juro que así lo haré.”
Hoy puedo darle toda la gloria a Dios porque, un año y medio después, estoy completamente libre de deudas. Pero más allá de la restauración financiera que hubo en mi hogar, el mayor milagro fue que Dios transformó mi manera de pensar y mi corazón. Aprendí que la verdadera seguridad no está en el dinero, en los negocios ni en la deuda, sino en confiar y depender plenamente en Él. Lo que parecía imposible para mí, Dios lo hizo posible, hoy puedo decir con certeza que Su Palabra es verdad y que cuando ponemos nuestra confianza en ÉL, siempre encontraremos Su guía, provisión y paz por difícil que todo parezca.

