Vivimos en un mundo que nos ha enseñado a confiar únicamente en aquello que podemos ver, tocar o comprender. Desde pequeños aprendemos a evaluar las situaciones según las evidencias visibles, las circunstancias presentes y los recursos que tenemos a nuestro alcance. Sin embargo, cuando llegamos a la Palabra de Dios, descubrimos que la vida de fe funciona de una manera completamente diferente.
HEBREOS 11:6 (RVR): “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.”
El escritor del libro de Hebreos nos muestra una realidad fundamental en este versículo; la fe no es un complemento de la vida cristiana, es la forma en que Dios diseñó que viviéramos. La fe nos conecta con una realidad superior a la que perciben nuestros sentidos. Nos permite caminar confiando en lo que Dios ha dicho, aun cuando todavía no podamos verlo manifestado.
Uno de los mayores desafíos para el creyente es aprender a vivir desde lo invisible hacia lo visible. Humanamente queremos tener todas las respuestas antes de avanzar, todas las garantías antes de obedecer y todas las evidencias antes de creer. Sin embargo, Dios muchas veces obra de manera opuesta. Primero nos llama a creer y luego nos permite ver.
Esto fue exactamente lo que ocurrió con Abraham. Cuando Dios le prometió que sería padre de multitudes, no había ninguna evidencia natural que respaldara esa promesa. Su edad y la de Sara parecían demostrar lo contrario. Sin embargo, Abraham decidió confiar más en la palabra de Dios que en las circunstancias que tenía delante de sus ojos. Lo podemos confirmar en ROMANOS 4:20-21 (RVR): “Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido.”
Abraham llegó a una convicción profunda de que Dios era poderoso para cumplir exactamente lo que había prometido. Por eso no permitió que las circunstancias moldearan su fe. Lo que parecía imposible para el hombre terminó convirtiéndose en una realidad porque Dios es fiel y siempre cumple lo que promete.
Lo mismo sucede en nuestra vida. Muchas veces enfrentamos situaciones que parecen no tener solución. Vemos limitaciones económicas, problemas familiares, puertas cerradas o diagnósticos difíciles. Y cuando observamos únicamente lo visible, es fácil caer en la frustración o el desánimo. Pero la fe nos invita a levantar la mirada y recordar que Dios no está limitado por aquello que limita al ser humano.
Por eso, una persona que conoce su identidad en Cristo aprende a vivir de una manera diferente. Ya no toma decisiones basadas exclusivamente en lo que siente o en lo que ve, sino en lo que Dios ha dicho. Entiende que las circunstancias pueden cambiar, pero la Palabra permanece firme para siempre.
La fe tampoco significa negar la realidad o ignorar los desafíos. Significa reconocer que existe una realidad aún mayor que es la verdad de Dios. Mientras el mundo se guía por lo visible, el creyente aprende a caminar confiando en las promesas del Señor. Y es precisamente allí donde comienza a experimentar Su poder de una manera práctica.
Cada vez que Dios nos llama a avanzar, nos invita a salir de la dependencia de nuestros propios razonamientos y a confiar en Él. Es en ese lugar donde dejamos de vivir limitados por nuestras capacidades y comenzamos a depender de Su gracia, Su poder y Su fidelidad.
Por ende, la vida cristiana no consiste en esperar a que todo parezca posible para creer. Consiste en creerle a Dios aun cuando parezca imposible. Porque la fe ve más allá de las circunstancias presentes y descansa en la certeza de que Aquel que hizo la promesa es fiel para cumplirla. Y cuando aprendemos a vivir de esta manera, dejamos de ser gobernados por lo visible para comenzar a caminar en la voluntad de Dios para nuestras vidas.

